sábado, 18 de octubre de 2008

El EZLN y la política


EL EZLN Y LA POLÍTICA


Héctor Díaz-Polanco


"La lección [del derrumbe del socialismo realmente existente] para nosotros era que cualquier sistema político que busque mantenerse, debe tener soporte social, debe confrontarse con la sociedad; pero también, que la recepción de las críticas debe ser más abierta. Si alguien te critica no necesariamente está en tu contra, no necesariamente es tu enemigo, que es la posición a la que tiende espontáneamente la izquierda". Subcomandante Marcos, 1996.



Fundado en la clandestinidad de la selva Lacandona hace veinte años, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) vio pasar el ascenso de la revolución nicaragüense y de las luchas guerrille-ras centroamericanas, el posterior decaimiento de todas y la derrota electoral sandinista en 1990; la crisis terminal del llamado bloque socialista y su derrumbe, simbolizado en la caída del muro de Berlín; el abatimiento y el desconcierto de amplias franjas de la izquierda en el mundo y, a su lado, la revitalización de la doctrina conservadora bajo la forma de un neoliberalismo agresivo. En México, el "grupo compacto" de neoliberales que se había apoderado en los ochenta del aparato gubernamental parecía afianzarse y, según sus cuentas, se preparaba para reinar durante las próximas décadas.
En ese contexto tan poco favorable para idear o cultivar proyectos antisistémicos, el pequeño grupo de promotores del EZLN continuó su trabajo de construcción en el sigilo selvático. Paradójicamente, el relativo aislamiento en las profundidades de la selva le ayudó al núcleo inicial a mantener su ímpetu, pues hasta allá quizá no llegaban o no impactaban todos los deprimentes detalles sobre la magnitud del desastre que afectaba entonces a las propuestas de la izquierda. Sobre todo, el vínculo gradual que estableció con las comunidades indias lo vacunó contra el escepticismo y el desaliento, y lo obligó a ser creativo. Acostumbradas a la lucha de larga duración, a la resistencia secular, las comunidades apenas estaban preparándose para iniciar un nuevo ciclo de rebeldías. En ese mundo, la utopía y el sueño no sólo eran posibles; eran tan necesarios como el aire y el agua. Diez años después de aquella fundación en condiciones tan poco propicias, y mientras se anunciaba con gravedad el fin de la historia, de las ideologías y de la lucha armada, el EZLN estaba listo para irrumpir en la escena nacional.

I. Un nuevo actor sociopolítico

La historia de aquella aparición pública es ampliamente conocida. El EZLN trascendió la conmo-ción inicial que produce en todas partes la revelación de un grupo armado. Gradualmente se convirtió en un nuevo actor sociopolítico, más allá de la llamada "zona de conflicto", incluso rivali-zando en influencia y penetración popular con el otro gran movimiento social del México finise-cular: el neocardenismo. Sin duda, el primer impacto del neozapatismo derivó de la actualización que hizo de un viejo problema, casi olvidado por la opinión pública y colocado por la logomaquia gubernamental entre los asuntos "resueltos". Me refiero a la cuestión étnico-nacional, y a sus innumerables eslabones de pendientes históricos. Adicionalmente, lo que comenzó como un estallido guerrillero se transformó en una iluminadora explosión verbal. Ésta resultó, para el modelo neoliberal entonces ofertado, más letal que las armas de fuego. Muy pronto el discurso zapatista se desparramó por toda la geografía de nuestras carencias y padecimientos como país: la pobreza de campesinos e indios en el mundo rural y de inmensas masas en las urbes; la correlativa concentración de la riqueza; el centralismo que ahoga y acogota a los gobiernos locales; el sistema de partido de estado, a la sazón implicado en una nueva espiral de autoritarismo, corporativismo y corrupción; la falta, en fin, de democracia y de libertades básicas en el país como un todo. Desde los problemas de Chiapas, los voceros del zapatismo se dedicaron a hablar de los grandes problemas nacionales. Su incontenible locuacidad, trazó una de las más brillantes radiografías del México de finales del siglo XX.
Así brotó una nueva jungla de significados y símbolos, de mensajes y valores. "La otra selva", la llamó Octavio Paz. Como lo aconsejaría Habermas, los zapatistas confiaron, más que en la fuerza de las armas, “en la fuerza productiva de la comunicación”. Todo ello implicó una cierta renovación político-ideológica; un aire refrescante que deshizo la densa atmósfera del camino único, del modelo económico inevitable, del país embalado hacia el cielo primermundista en el que no cabrían todos, sino sólo los escogidos por el dios de la modernidad neoliberal.
El EZLN propuso una nueva manera de enfocar las cosas, de ver el país; y esta mirada trajo consigo un contenido ético de la política y propuestas para una reforma moral e intelectual indispensables —si hemos de creer al maestro Gramsci— para reconstruir lo social. Un buen número de nuestros analistas trabaja todavía en una empeñosa hermenéutica de la "palabra verdadera" que fluyó desde las comunidades indígenas. La presencia neozapatista en el escenario nacional, en suma, ha significado una de las más importantes contribuciones al reciente proceso de democratización del país, aunque el EZLN no ha buscado reivindicar o "capitalizar" este mérito.
Si el EZLN logró en cortos años todo esto —que no es poco— es porque no fue una guerrilla ordinaria. Se presenta como un "ejército" y en un primer momento actúa como tal. Pero rápidamente se niega a sí mismo en tanto opción militar. Rechaza el desiderátum clásico: la toma del poder por las armas. El paradigma guerrillero del asalto al Palacio de Invierno, para inmediatamente gobernar por todos y a nombre de todos, se deshace. Aunque en la Primera Declaración de la Selva Lacandona decreta la guerra al gobierno y su ejército, ordena el avance de las tropas revolucionarias y la toma de la capital, ello tuvo un sentido más político o simbólico que militar. La organización armada no siguió su inicial lógica militarista, sino que fue sensible al punto de vista de la "señora sociedad civil". La reacción de ésta sorprendió al gobierno y a los propios zapatistas. A coro, centenares de miles de mexicanos (expresando el sentir de millones) dijeron "no" a las intenciones del gobierno de dar una salida militar al conflicto; pero también a la violencia que se advertía en las primeras accio-nes del EZLN. Rechazaron el medio, mientras acogieron como justa la causa de los insurgentes. Lo notable es que los zapatistas se acoplaron de inmediato al talante civil.
No podría entenderse tal flexibilidad sin considerar el arraigo del EZLN, durante su proceso formativo, en las comunidades indígenas. Este rasgo hace la diferencia respecto a otras guerrillas. De hecho, puede decirse que el EZLN no es una guerrilla que "capta" indígenas, incorporándolos a sus fi-las y subordinándolos a su proyecto, sino una organización que es apropiada por los indios y sujetada a los intereses comunitarios, incluso antes de aparecer públicamente. El núcleo guerrillero expe-rimenta sucesivos cambios a partir de su relación con la población india. Así se produce una inver-sión: los reclutadores son reclutados, y la clásica "implantación" guerrillera deviene transformación o "conversión" de la organización germinal al ethos indígena. La originalidad en el lenguaje, la for-ma de abordar los problemas nacionales y la apertura hacia nuevas ideas, entre otros rasgos, depen-den mucho de la composi¬ción indígena del EZLN. No es extraño entonces que haya podido incorporar en su portafolio de ideas, sin que parezca forzado, el proyecto de autonomía, el enfoque de género, las preocupaciones ecológicas, las demandas de diversas "minorías", etcétera.

II. Vicisitudes del proyecto zapatista: las tribulaciones del sueño

Pero hay que resistir la tentación, muy propia de los partidarios de una causa, de sesgar su visión hasta el punto de sólo ver vigor, aciertos, triunfos y perspectivas venturosas en el propio campo, mientras en el terreno contrario únicamente se advierten debilidades y tropiezos. Esta forma de abordar las cosas sólo cosecha evaluaciones erradas, frustraciones y un extraño rencor ante una terca realidad que no se adecua a nuestras ilusiones. El trayecto del EZLN no es una marcha triunfal ni una serie de batallas ganadas de antemano. La única ventaja de esta teleología complaciente es ahorrar el estudio de los hechos. Un análisis ponderado del momento por el que atraviesa el movimiento zapatista debería incluir, además de las fortalezas y valores que lo adornan, las dificultades que afronta para impulsar sus propuestas, las propias ambigüedades y contradicciones, las desavenencias y, en fin, los obstáculos de todo tipo que se levantan en su camino. Mencionaré, sin ninguna pretensión exhaustiva, algunos puntos que creo relevantes:
1. Sin duda, la presencia indígena es una de las fuentes del vigor zapatista. De ese venero el EZLN extrae legitimidad, fuerza moral ante la nación y el mundo. Pero en ese compromiso con lo indígena radica también un conjunto de dificultades y retos para el neozapatismo. El primero arranca de la propia diversidad, heterogeneidad y dispersión del mundo indígena. De la naturaleza de esa población, de sus tendencias centrífugas, derivan ingentes dificultades para construir un sujeto político estable, un movimiento nacional. Aunque no se trata de una característica exclusiva de los pueblos indios, en ellos se advierten nudos peculiares. Una larga experiencia ha despertado en los pueblos un especial celo hacia su organización independiente, sin importar la simpatía por la causa zapatista, que no ocultan. A menudo, el tempo pausado y complejo de la organización india exaspera a los activistas políticos. No es raro que operadores impacientes busquen forzar la "unidad", aplicando la cultura de la imposición, la dirección centralizada, la exclusión y el sectarismo. A menudo esto provoca contradicciones con la dirigencia indígena.
Los acuerdos de San Andrés cimentaron una mínima plataforma común en la que la inmensa mayoría de los pueblos se reconocen, y este es un logro notable. Pero fuera de él, las afinidades son precarias e inestables. Persisten los problemas para que la unidad de las cúpulas dirigentes, todavía en formación, se manifieste como unidad de acción en las bases. El sujeto político indígena, el sujeto autonómico es aún débil. De otro modo, ¿habría podido el gobierno imponer el impasse del diálogo con el EZLN y sostener el incumplimiento de los acuerdos de San Andrés?
Adicionalmente, el vínculo étnico plantea al EZLN otro reto: no caer en el localismo aislante, pero tampoco fugarse hacia lo nacional-internacional, alejándose de sus bases estratégicas y de su principal referencia moral y política. Evidentemente, la difi¬cul¬tad radica en mantener la articula¬ción equilibrada de lo local-regional con lo nacional-internacio¬nal. A veces se advierte una oscila¬ción en-tre la tendencia a ensimismar¬se en lo local (mientras se desdibujan el perfil y las propuestas de ca-rácter nacional) y las fugas hacia lo internacio¬nal (lo "intergaláctico”). En ocasiones hay una concen-tración excesiva en lo indígena; en otros momentos, un vaciamiento "hacia afuera y hacia arriba". El riesgo en todo caso es que el EZLN deje de expresar la complejidad societaria y se convierta en una organiza¬ción ya centrada en lo indígena, ya flotando en el polvo galácti¬co. Todo ello está aso-ciado con cuestiones no resueltas. Marcos lo expresó con desenfado: "¡Nosotros decimos que somos un desmadre! En términos de composi¬ción social, somos un movimiento indígena, o mayorita¬riamente indígena, armado; en términos políticos, somos un movimiento de ciudadanos en armas con demandas ciudadanas [...] No podemos convertirnos en una fuerza militar como la que fuimos antes, como la del EPR, pero tampoco podemos transformarnos en una fuerza política como el PRD. ¡Entonces qué madre!" El conflicto entre los asuntos inmediatos y la visión de largo alcance persiste como problema: "Los zapatistas están viendo problemas inmediatos, y eso les impide decidirse entre mirar la estrella o mirar el dedo, o resolver el problema entre el dedo y la estrella". Marcos está consciente del riesgo de que el zapatismo "finalmente sea un movimiento tan indefinido que nadie se reconozca en él".
2. Estas dificultades se relacionan con la gran apuesta del EZLN: la "sociedad civil", converti-da en sostén e interlo¬cutora privilegiada del zapatismo. En verdad, ¿qué es la sociedad civil en este caso? Hay que reparar en dos cuestiones. Por una parte, la sociedad civil es una entidad demasiado abarcadora y, por ello mismo, heterogénea. A tal punto que, en ocasiones, se identifica con la "ciu-dadanía", en contrapo¬sición con el pequeño grupo que maneja y se aprovecha de los aparatos guber-na¬mentales o con exclusión de todo lo gubernamental. Pero, al mismo tiempo, implica claras salve-dades sociales (el sector empresaria¬l es uno notable) y deslindes respecto a formas organizativas de la sociedad que en principio deberían ser aceptadas: los partidos políticos. Aquí, sociedad civil se viste con un viejo ropaje: los sectores populares; o abarca sólo a ciertas formas de organización ciu-dadana. El criterio de demarcación, en fin, parece ser que en principio es “sociedad civil” todo lo que no se enmarque en la llamada “clase política”. La noción puede ser, según el ángulo de mira, circunscrita en exceso o demasiado amplia.
De esto resulta, por otra parte, que no se hacen distingos de clases al interior de la sociedad civil, mientras se pone el énfasis en la "plurali¬dad". Es un punto polémico que no se ha abordado lo suficiente. En un provocativo trabajo, Rodríguez Araujo critica lo que llama "la nueva izquierda posmarxista" que propone la "no diferenciación y la fragmentación por identidades implícitas en el concepto actual de sociedad civil", lo que supone "una sociedad plural e identidades sociales al mar-gen de las clases sociales". Incluso sugiere que al capital (como sistema) le convienen "conceptos ta-les como sociedad civil sin diferenciación de clases sociales y de intereses contrapues¬tos". Es evi-dente que el riesgo de esta postura, a su vez, radica en caer de nuevo en esquemas economi¬cistas, mientras se combate el enfoque de la pluralidad, y perder de vista las reales identidades no clasistas (o cuyo criterio de demarcación no son las clases) que también actúan como fuerza política en la so-ciedad. Pero si se trata de incluir todas las dimensiones de integración o cohesión social, el autor está en lo correcto. Asimismo, hay que aceptar que el reciente hincapié (no gramsciano) en la sociedad civil adolece de omisiones obvias que simplifican excesivamente la complejidad social.
Finalmente, es posible cavilar que a menudo se tienen expectativas desorbitadas respecto del comportamiento de la sociedad civil. Debido a su propia amplitud y heteroge¬neidad, la sociedad ci-vil no puede ser un ente en perpetua movilización y tensión, preparado para actuar como un sólo cuerpo en todo momento. Son muy diversos los intereses, las visiones, las preocupa¬cio¬nes que bu-llen en su seno, y su organiza¬ción es mínima, cuando no inexistente. Más aún, la organicidad de la sociedad civil, tal y como ésta ha sido delineada, se antoja una contradicción en los términos. Todo intento por "disciplinar¬la" o someterla a una línea política específica, más allá de cierto margen, re-sultará en un fracaso. Por ello, a lo más que podría aspirarse es que la sociedad civil actúe en situa-cio¬nes límites; precisamen¬te cuando se trata de asuntos en los que sus partes componentes pueden coincidir. Pretender convertir un movimiento difuso en una organización política, aunque no se llame partido, o esperar respuesta a un comando único, a una línea programática, por más prestigiosa que esta sea, puede conducir a desengaños y frustracio¬nes.
3. Ahora pongamos atención a las difíciles relaciones del EZLN con las organizaciones de la sociedad civil. Aun limitándonos al campo de las organi¬za¬ciones que son o se sienten parte del mo-vimiento zapa¬tis¬ta, las disputas o faltas de sintonías con el EZLN no han faltado.
Según Marcos, el movimiento zapatista incluye tres niveles básicos: 1) el zapatismo del EZLN, "en el que están las comunidades y las fuerzas combatientes", que configura "una es¬truc¬tura militar"; 2) el zapatismo civil, en tránsito hacia "una organiza¬ción política", y 3) el zapatismo social, un conjunto "más disperso, más amplio, más diluido, que es gente que no tiene ninguna intención de organizarse o que pertenece a otras organiza¬ciones políticas o a otros grupos sociales, pero que ve con simpa¬tía a los del EZLN y está dispuesta a apoyarlos". Entre estos niveles, especialmente entre la estructura militar y las demás (aunque no faltan entre la segunda y la tercera), se producen los des-ajustes más comunes. Marcos admite que "mucho del discurso y de la práctica zapatistas tiene toda-vía esa dosis de autoritarismo o de impacien¬cia, digamos, de los militares". Al aplicarse el estilo mi-litar al zapatismo civil y social, los conflictos pueden aflorar. La gente colocada en el zapatismo civil y social fue atraída por la apertura y la posibilidad de una parti¬ci¬pación democrática. Pero el vertica-lismo militarista no se aviene con la práctica democrática; más bien, la aplasta. El arma y el ascen-diente que la acompaña son argumentos de autoridad que pueden resultar avasallantes.
Las "actitudes militaristas" más palmarias —dice Marcos— “en el contacto del zapatismo armado con el zapatismo civil”, a su vez, repercuten en el comportamiento interno de las organiza-ciones sociales. Sectores de éstas asumen los lineamientos del zapatismo armado como órdenes, en una cadena de mando-obedien¬cia que alimenta intole¬ran¬cias frente a quienes no obtem¬peran acríti-camen¬te al mandato. Lo que sigue son acusaciones de "traición" contra los que desatienden la línea "verdaderamente" zapatista, y ulteriores exclusiones. Irónicamen¬te, mientras los zapatis¬tas son parti-darios del "mandar obedecien¬do", muchos del zapatismo civil y social quieren "obedecer mandan-do". Malo que esto ocurra; peor que no se corrija de inmediato. Todo ello, desde luego, tiene que ver también con la forma en que la dirección za¬pa¬tista impulsa sus propuestas y, además, con la manera como reac¬ciona frente a las críticas. Ocurre, explica Marcos, que "muchas iniciativas que lanzamos, las expresamos, las transmitimos como órdenes o así se perciben [...] A la hora de las críticas, pues no las recibimos como una organización política, sino como una orga¬ni¬zación militar pero con mu-cho recelo, como reproches, mal, pues. Necesitamos tiempo para poder asimilar una crítica".
Los riesgos son patentes: algún costo en aislamiento social y político, a todas luces conve-nien¬te para el adversario, si el propio zapatismo no fue¬ra capaz de contener las prácticas menciona-das. Como sea, el EZLN ha estado constantemente apremiado por la necesidad de una política de alianzas, amplia y consisten¬te, que fomente el diálogo, la tolerancia y la comunica¬ción directa con el zapatismo civil y social. Su desiderata es sumar fuerzas y voluntades, promo¬vien¬do las con¬vergen¬cias.
4. Merece una mención especial la relación conflictiva del EZLN con los partidos y los mo-vimientos electorales, especial¬men¬te con el neocardenismo y el PRD. En este caso, las colisiones re-visten un carácter particularmen¬te infeliz, ya que si han existido algunas coincidencias y posibles convergen¬cias ha sido con el perredismo, mar¬ca¬damente con su vertiente neocardenis¬ta. De hecho, el mismo Marcos admitió que existían ciertas bases e incluso metas comunes entre ambos movi¬mientos. Las diferencias se centran frente al PRD, en tanto aparato partida¬rio. Un aspecto en que las discrepancias han ido en ascenso se refiere al tema electoral. Práctica¬mente desde su aparición, la posición del EZLN frente a los comicios ha sido ambigua y oscilante. Hay recelo y desconfianza fren-te la opción electoral, y en vista de ciertas experiencias no le falta razón. Pero este es un punto que espera mayor afinamiento.
La indefinición se advierte en el momento mismo en que la Convención Nacional Democrá-tica (CND) —la primera iniciativa importante del EZLN para impulsar una organización nacional— llama a votar en las elecciones presidenciales de 1994, no en favor de Cárdenas y del PRD, sino en "contra el PRI". La formulación es significati¬va. A propósito de la "dualidad" del EZLN en esta ma-te¬ria, Enrique Semo (otrora miembro de la presidencia de la CND) recordó que antes, a mediados de febrero de 1994, Marcos declaró: "No confiamos en nadie más que en el fusil que tenemos. Pero pensamos que si hay otro camino no es el de los partidos políticos; es el de la sociedad civil". El au-tor se pregunta: "¿Pero contraponer partidos y sociedad civil a seis meses de las elecciones presiden-ciales no equivale a cuestionar al mismo proce¬so electoral?" Era difícil entender cómo se ajustaban estas posiciones con el proyecto de la CND, obviamente muy sujeto de los resultados electorales en favor de las fuerzas progre¬sistas que entonces representaba el neocardenismo. Dos años después, a mediados de 1996, Marcos vincula con buen tino la crisis interna que termina¬ría por consumir a la CND con el "fracaso electoral" de 1994. Similares problemas se advierten respecto a las eleccio¬nes de octubre de 1995, julio de 1997 y las presidenciales de 2000. Queda la sensación de que, en efecto, para usar las palabras de Marcos, tocante a "la cuestión electoral o la democracia electoral [...], el EZLN no acaba de definir una posición cla¬ra".
5. Las actitudes frente a los partidos y las elecciones, están enlazadas con equívocos o inde-terminación ante a la cuestión del poder. Se entiende el rechazo por parte del EZLN de la idea de un grupo político que “conquista” el poder por las armas; y también el rechazo de la naturaleza del po-der actual y de cómo se ejerce. La pregunta es si el rechazo de la toma del poder, implica un desinte-rés por la política y el poder mismo. "Mandar obedeciendo" puede conceptuarse como una formula¬ción feliz, con connotaciones familiares para los pueblos indíge¬nas, pero no resuelve el problema de la naturaleza del poder en la sociedad contemporánea, la cuestión de las nuevas formas de su ejerci-cio, que requerimos imaginar, y el papel en ellas de la pluralidad de fuerzas, de los sectores, de las clases, de los grupos subordinados o "minorías" políticas.
En las elaboraciones de los ideólogos zapatistas la cuestión del poder aún no es clara. El riesgo es que la riqueza de la tesis central —a saber, que la democracia debe ser construida con la participación de todos, y no por una vanguardia iluminada que toma el poder por cualquier medio—, al ser vulgari¬za¬da (como en otros tiempos se trivializaron ciertos cánones marxis¬tas) se disipe o in-cluso opere como una invita¬ción al inmovilismo o a posturas anárquicas. En ocasiones, por ejemplo, el planteamiento zapatista invita sólo a constituirse en vigilante de la autoridad que ejerce el poder: que la sociedad civil se convierta en una fuerza de control, en una instancia ordenado¬ra y arbitral; pero no partici¬pando en el poder, sino procurando "que haya un poder que sirva, que sirva a la so-ciedad". Bien visto, esa sería la función de la ciudadanía en una sociedad democráti¬ca. Pero si se piensa en una sociedad civil organizada para ello, con instru¬mentos políticos para hacer valer efi-cazmente sus principios y opiniones, ¿no estaría funcio¬nando ya como una instancia de poder?
En otros momentos, la distancia zapatista respecto al poder parece ser sólo una posición pro-visional, transito¬ria, que privilegia la organización de la gente para resistir y evitar la descomposi-ción, a la espera del desgaste del modelo de poder vigente y de una circunstancia más favorable en la que pueda ejercerse de otra manera, bajo nuevos principios. Cuando Marcos se refiere, en 1996, al ejemplo de la estrategia de Benito Juárez frente a la intervención francesa, parece esbozar esta idea: "Lo que hizo Juárez fue mantener a la nación organizada, resistiendo en condiciones muy difíciles, pero evitó que se descompusiera. Nosotros decimos: ahora hay que organizar a la gente para eso y después para ejercer el poder. Pero ahora no hay nada que ejercer..." Esta formulación tiene poco que ver con la conseja, presuntamente zapatista, de que se trata de distan¬ciarse del poder y renunciar a su ejercicio, como cuestión de principios.
Desde esta perspectiva queda en¬tonces pendiente la cuestión, ya en un plano ideológicamen-te más despejado, de si ahora no hay nada que ejercer o no deben buscar las organi¬za¬ciones sociales abrir espacios de poder de inmediato, particu¬larmen¬te en el ámbito regional o local. Marcos mismo saludó la hazaña de los chilangos al derrotar al priismo en el Distrito Federal (1997), y abrir espe-ranzas de un nuevo ejercicio del poder en el centro del país. ¿Deben renunciar los campesi¬nos, los indígenas, los grupos civiles en los pueblos, hoy, a todo intento de ocupar posiciones de poder? ¿Erraron los huicholes (wixárikas) que buscaron conquistar la presidencia de un municipio de Jalis-co, con don Maurilio Cruz como su candidato? Los zapotecos organizados en Juchitán o en Unión Hidalgo, los pueblos morelenses de Tepoztlán o Tlalnepantla, los guerrerenses de Xochixtlahuaca o el Alto Balsas, para mencionar algunos, e innumera¬bles pueblos que batallan por la autonomía en Chiapas y en otras regiones del país, están luchando por el poder. ¿No deberían hacerlo? El punto es que, evidentemente, el principio de la Cuarta Declaración no debe tener como efecto el desalentar la lucha por los poderes locales y regionales, tan vitales para los pueblos indígenas y para todos los que, desde la "sociedad civil," quieren participar en las transfor¬maciones de sus socieda¬des, de su pa-tria y/o sus matrias.
El Frente Zapatista de Liberación Nacional (FZLN) ha sido el intento de concretar una organi-zación política a tono con las ideas de la Cuarta Declaración. El resultado hasta ahora es poco alen-tador. Al parecer, ello se relaciona con unos requisitos que no estaban sintoniza¬dos con la mayoría de la población. Para pertenecer al FZLN se requería aceptar los plantea¬mientos de la mencionada de-claración; en particular, no aspirar al poder, no buscar ningún puesto de elección popular y no perte-necer a ninguna otra organización política, especialmente si es partidaria. Un conjunto de circuns-tancias desalentó la respuesta masiva de la sociedad. Una de ellas fue quizá el momento inoportuno en que se realizó el congreso fundacional del FZLN. Todo indica que fue un error de cálculo inten¬tar la fundación del FZLN mientras estaba fresca la euforia popu¬lar por el primer logro notable alcanzado mediante la vía alterna¬tiva, esto es, los votos del 6 de julio 1997. Pero probablemente haya pesado más la exigencia de la militancia única (lo que, por cierto, se aviene poco con la idea de un “frente”) hecha a una "sociedad civil" que, en su mayoría, está compuesta precisamen¬te de ciudadanos con militancias o adhesiones múlti¬ples. La multiplicidad de identidades es un atributo sustancial de los sujetos. Debajo de la camiseta que dice "mexicano", por ejemplo, un ciudadano puede traer otra que dice, "zapatista"; pero debajo de ésta una más que dice "perredista" (o de otra preferencia partidaria); enseguida la que reza: "defensor de los derechos humanos"; más abajo otra que pregona ser fanático de algún equipo de fútbol, y así sucesivamente. Las combinaciones y las jerarquías no son estáticas y pueden variar casi hasta el infinito. Lo encantador, y aleccionador al mismo tiempo, es que por lo común tal ciudadano no vive esa diversidad de identidades como un conflic¬to. El conflic¬to se le plantea, más bien, cuando es urgido a escoger una estrecha pertenencia.
En algún momento, la dirigencia zapatista expresó que consi¬de¬raba muy importante el éxito del FZLN para el futuro del EZLN. De ser así, a poco de arrancar, el proyecto del FZLN requería ajustes drásticos.
6. Como quiera, creo que el movimiento neozapatista ha dejado una honda huella en el país. Los efectos positivos de su corta trayectoria están a la vista. No se puede regatear al EZLN, por ejem-plo, su sostenido impulso del proceso democrático en la última década. Asimismo, los desafíos que enfrenta son muchos e inquietantes. Periódicamente, parece que el estado de Chiapas se precipita en el caos y que el EZLN es arrastrado en la avalancha. En realidad, las sacudidas chiapanecas involu-cran dos procesos de signos distintos. El primero expresa las convulsiones de un vasto movimiento democratizador. En efecto, los que parecen sólo pleitos locales entre bandos encontra¬dos, son las manifesta¬ciones de una verdadera transformación en marcha. Ese desarrollo, impulsado por el zapa-tismo ahora bajo la bandera de la autonomía, se expresa como lucha por la creación de poderes loca-les y regionales, por la constitución de autogobier¬nos, por el control del territorio y, en suma, por erigir una democracia con un perfil de justicia. Inevita¬blemente, también implica el combate contra males ancestra¬les: el caciquismo, la intolerancia, la discriminación e innumera¬bles formas de agra-vio.
La otra cara es el despliegue de una estrategia contrainsurgente, concebi¬da para los llamados conflic¬tos de baja intensidad. Del choque de estos dos polos surgen las pugnas sociopolíticas. El ré-gimen ha apostado a la putrefac¬ción del espacio zapatista, como vía para derrotar al EZLN y las ini-ciativas democráticas. Con ese fin, aprieta el cerco socioeconómico, político y militar en torno al te-rritorio zapatista. Como parte de ello, promueve la desarticu¬lación del tejido social, alentando el desorden en las comunida¬des y en las regiones. Busca debilitar y agotar a las bases de apoyo zapatis¬tas, inducirlas a un endureci¬miento de sus posiciones frente a otros sectores, a una radicali¬dad disol-vente de los propios lazos comunitarios. En las sombras del desorden surgen los grupos paramilita-res (una contra a la mexicana), sin duda alentados desde el poder. El accionar de estos grupos, pre-senta¬do como "enfrentamien¬tos comunitarios y entre comunida¬des", a su vez, procura profundizar un desbarajuste social que sea favorable al proyecto restaurador. A esto se agrega la propagan¬da para aislar al EZLN, presentándolo como intransi¬gente, promotor de conflictos, y como una parte en ellos, de los que no tiene responsabilidad la autoridad. Sólo la candidez podría no reconocer en este caso una estrate¬gia probada en situaciones de insurgencia en otros países, como Nicaragua y Guatemala en los ochenta y hoy en Colombia.
A todo ello, el neozapatismo sólo puede oponer política y más política. En los últimos años sus principales esfuerzos en ese sentido se orientaron hacia la promoción de reformas autonómicas como corolario de los afanes negociadores de San Andrés, que lo llevaron hasta la propia tribuna del congreso nacional en marzo de 2001. La respuesta del régimen, sintetizada en las reformas consti-tucionales aprobadas por el legislativo un mes después, fue negativa. Una vez agotados los recursos legales, la reacción política del EZLN consistió en la iniciativa de impulsar las autonomías de facto, esto es, la puesta en marcha de los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno (JBG).

III. La escalada autonómica

Los Caracoles, simbólicamente inaugurados en Oventik, el 9 de agosto de 2003, abren otro capí-tulo de la marcha de los pueblos indígenas de México en pro de sus autonomías. Los zapatistas colocan un nuevo escalón a sus empeños por construir el autogobierno. La jugada es al mismo tiempo evaluación autocrítica de los derroteros que ha seguido la autonomía en los “municipios autónomos en rebeldía” y búsqueda de formas superiores de organización que permitan afianzar el proyecto indígena. Con ello se vuelven a poner sobre el tapete los déficit del país en materia de reconocimiento de derechos a los pueblos indígenas. El desfase entre la realidad y las aspiracio-nes indígenas, por una parte, y el esquema legal del país, por la otra, se amplía con la instauración de las JBG zapatistas.
En la Treceava estela (publicada en siete partes durante el mes de julio de 2003), el Sub-comandante Marcos dio cuenta de cambios que se operarían en las comunidades zapatistas de Chiapas, todos ellos relacionados con la práctica de la autonomía. En particular, anunció el naci-miento de los Caracoles como sedes de las nuevas JBG, llamadas así para establecer de inmediato un contraste con el “mal gobierno” del actual régimen federal.
El vocero del EZLN no duda en calificar estos cambios como “una etapa superior de orga-nización”, que entraña el nacimiento de una nueva “forma” de autogobierno. No es que el auto-gobierno de las comunidades sea una invención zapatista; pero con el zapatismo se inicia una época que supone cambios apreciables. Para empezar, según la narración del Sub, lo que sólo funcionaba “a nivel de cada comunidad” pasó “de lo local a lo regional”. El detonador fue la pre-sencia del EZLN, aunque éste imprimió su carácter político-militar a toda la estructura, ya que “el mando tomaba la decisión final”. Las cosas experimentan otro giro con la aparición de los muni-cipios autónomos, puesto que el autogobierno “no sólo pasa de lo local a lo regional” sino que, además, se desanuda del mando militar zapatista, al menos en términos relativos.
Pero, a la postre, en la organización de la autonomía a la escala municipal se acumularon problemas de estructura y funcionamiento que debían encararse. No se busca ahora dejar de lado a los municipios autónomos, sino enmarcarlos en una nueva esfera de coordinación autonómica que permita, al mismo tiempo, resolver los problemas detectados y avanzar hacia la consolida-ción de los autogobiernos. De hecho, los Municipios Autónomos Rebeldes Zapatistas (MAREZ) mantienen sus “funciones exclusivas” en las materias de impartición de justicia, salud, educación, vivienda, tierra, trabajo, alimentación, comercio, información y cultura, tránsito local. Pero junto a éstas aparecen otras competencias que son propias de las JBG.

Caracoles y Juntas de Buen Gobierno

Los comunicados de julio anuncian la creación de sendas JBG en las cinco regiones rebeldes re-conocidas por el EZLN. Sus sedes serán los Caracoles. Cada junta estará integrada por delegados (uno o dos) de los respectivos consejos de los MAREZ. Aunque los miembros del Comité Clandes-tino Revolucionario Indígena no participan en las juntas (de hecho, como se verá, en tanto tales lo tienen prohibido), como estructura política “vigilará” su funcionamiento para, dice el Sub, “evitar actos de corrupción, intolerancia, arbitrariedades, injusticia” y otras posibles desviaciones.
La sexta parte de la Treceava estela no sólo informa de los nombres propios de las JBG, asentadas en cada uno de los nuevos Caracoles (a saber, Selva Fronteriza, Tzots Choj, Selva Tzeltal, Zona Norte de Chiapas y Altos de Chiapas). Sobre todo es un ejercicio de cartografía au-tonómica, esto es, de delimitación territorial de cinco regiones autónomas. Ese trazo territorial, en la medida en que va acompañado de un conjunto de competencias de los gobiernos regionales, demarca jurisdicciones propias de las respectivas juntas. ¿Qué criterios se utilizaron para definir estas regiones? Todavía es pronto para emitir un juicio seguro, pero todo indica que se tomaron en cuenta: 1) La unidad histórica que nace de prácticas comunes o las relaciones que han consoli-dado (o están en trance de consolidar) una nueva entidad sociocultural y territorial; 2) considera-ciones para reestructurar y equilibrar el peso de los municipios y pueblos en las regiones (la rela-ción San Andrés Larráinzar-Oventik puede ser un ejemplo) a favor de un reacomodo territorial. Desconocemos el influjo que pudieron tener las razones político-militares en esta nueva organi-zación.
Aparte de las atribuciones generales de las JBG —tales como contrarrestar en lo posible el desequilibrio en el desarrollo de los municipios, mediar en los conflictos entre municipios zapa-tistas y no zapatistas, atender las denuncias, protestas e inconformidades que genere el ejercicio de la autonomía, vigilar la realización de proyectos y tareas comunitarias en los MAREZ, etcéte-ra—, las competencias explícitamente reconocidas a este órgano de autogobierno son importantes y fuertes y, por ello, le atribuyen fundamentales facultades a escala de la región. Mencionemos las principales: 1) Por lo que respecta a los donativos y apoyos procedentes del exterior, la JBG correspondiente “decidirá, después de evaluar la situación de las comunidades, adónde es más necesario” que tales recursos se dirijan. 2) La JBG impondrá a todos los proyectos que se realicen en los municipios un "impuesto hermano" que monta el diez por ciento de los mismos. 3) Las juntas tienen la facultad de reconocer como zapatistas “a las personas, comunidades, cooperati-vas y sociedades de producción y comercialización”, para lo cual éstas deberán registrarse en una de aquéllas. 4) “Los excedentes o bonificaciones por la comercialización de productos de coope-rativas y sociedades zapatistas se entregarán a las Juntas de Buen Gobierno”, para que éstas a su vez hagan las reasignaciones a las comunidades menos favorecidas. En suma, las juntas podrán acordar el destino de los recursos que provengan de diversas fuentes externas (vitales en el mo-mento actual y al parecer por un buen tiempo), expedir los certificados zapatistas de reconoci-miento y, finalmente, formar un fondo para redistribución con los impuestos y los excedentes. Así, pues, si las cosas funcionan como se han planeado, las juntas tendrán un papel muy relevante en el sistema autonómico zapatista. La práctica mostrará si esto será para bien o para mal. Pero, en términos gruesos, es probable que el camino ensayado sea la ruta correcta, si de afianzar y en-riquecer la vida autonómica de los pueblos se trata.

La escala regional

Con la instauración de las JBG se afirma la tendencia zapatista a coordinar las autonomías a escala regional. Esto puede contribuir a superar un debate, a menudo cáustico y amargo, que durante años ha dividido las filas intelectuales cercanas al zapatismo. Se puede decir que, en rigor, esta era una falsa discusión, cuyas motivaciones se encontraban más en disputas por posiciones de poder dentro del zapatismo que en el propósito de entender la dinámica del proceso autonómico en México. La disyuntiva entre la autonomía comunal y la autonomía regional fue siempre artifi-ciosa. Se llegó a decir que la única y verdadera escala de la autonomía era la de la comunidad; y esto se dijo a nombre del zapatismo, no obstante que éste impulsaba, desde muy temprano, auto-nomías municipales cómo y dónde podía. Incluso se intentaron argumentaciones para dar susten-to teórico a la idea de que la escala regional de la autonomía era ajena a la perspectiva y las aspi-raciones de los pueblos indígenas, incluyendo a los zapatistas. Con la llegada de los Caracoles podemos esperar que se despeje el panorama. Esto es, que se acepte lo principal: los pueblos de-ben construir sus autonomías a todos los niveles y escalas; y las escalas supracomunales son, en definitiva, una condición de posibilidad de las autonomías comunitarias.
Sin duda, las JBG derivan de necesidades específicas de los pueblos indios de Chiapas. Como lo ha explicado el Sub, pese a ciertos logros notables, el desenvolvimiento de los munici-pios autónomos estaba generando también fricciones y distorsiones. Las JBG procurarán resolver-las y, yendo más allá, provocar un salto adelante en el ejercicio de la autonomía. Pero hay razón para suponer que necesidades similares (aunque no iguales, pues no hay dos regiones idénticas) harán imprescindibles que pueblos de otras zonas del país, a su turno, se vean obligados a plan-tearse la coordinación regional de sus autonomías. La trascendencia de las JBG, en tanto organiza-ción regional, radica en que trasciende o puede trascender la particular realidad chiapaneca. El indicio de que esto puede ser así es el respaldo que ha recibido la iniciativa zapatista por parte de organizaciones indígenas de la más variada procedencia. Es claro que estas organizaciones no ven en la innovación de las JBG algo a copiar, pero sí la expresión de lineamientos y principios con los que se identifican. El principal de todos, me parece, es que las autonomías no pueden concebirse como un archipiélago de pequeñas entidades, aisladas unas de otras, y cada una en-frentada por sí sola al enorme poder del sistema homogeneizador y expoliador de los pueblos que tiene su encarnación más reciente en el neoliberalismo. Se requiere articular los esfuerzos y con-jugar las acciones hacia la construcción de identidades cada vez más abarcadoras —no otra cosa implica el proyecto de “reconstitución” de los pueblos reiterado por las organizaciones indias— y hacia formas de autogobierno que las sustenten. Las autonomías locales (que las formulaciones regionales no niegan, sino que incluyen expresamente) requieren crear su propio entorno favora-ble. Y esa es la función esencial de la escala regional de la autonomía: coordinar y acorazar el poder local en construcción. Vista de esta manera, la autonomía regional es un horizonte funda-mental para los pueblos indios. Así parecen entenderlo los zapatistas y otras organizaciones.
El nuevo contexto permitiría también desechar el siguiente argumento, repetido hasta el cansancio: que la autonomía de la comunidad nacería de abajo, mientras la regional sólo podría venir de arriba (por ser algo ajeno a los pueblos, de diseño burocrático, externo, impuesto). Se confundía así el proceso de construcción autonómica —que no puede realizarse si no desde aba-jo (por igual en la comunidad, el municipio o la región), en la entraña de los propios pueblos—, con el reconocimiento jurídico que da sustento legal a dicho proceso. La confusión quizá deriva-ba de que los “regionalistas” insistieron en que el reconocimiento de la autonomía debía incluir un gran “menú” que permitiera a los pueblos dotarse de autonomía en los niveles acordes con sus aspiraciones y necesidades identitarias, incluyendo el municipal y el regional. Esto era una res-puesta al intento del gobierno federal (especialmente durante el zedillismo) de reducir al máximo, hasta la nada si era posible, el alcance de la autonomía. Pero el reconocimiento de la autonomía, en cualquier escala, no supone que ésta deba construirse “desde arriba”; de hecho, ni el recono-cimiento mismo, si es tal, es una concesión desde arriba, pues siempre es una conquista de los su-jetos que luchan por la autonomía. La experiencia, incluyendo la mexicana, enseña que los de arriba nunca reconocen derechos de autonomía si no media la presión y la fuerza organizada de los de abajo.
El reconocimiento, tampoco, construye vida autónoma alguna. Su propósito es convenir que las tareas emprendidas por los pueblos para edificar sus autogobiernos y conducir sus propios asuntos, son parte del proyecto de toda la sociedad nacional; que la autonomía se asume como un valor compartido y una meta democrática que merece el apoyo de todas las instituciones que la propia sociedad se ha dado. (Dicho sea de paso, los hechos parecen estar indicando que en el marco del actual régimen es imposible arribar a ese acuerdo o pacto nacional). La autonomía re-gional que comienzan a construir los zapatistas en los Caracoles se realiza a contrapelo del marco legal, debido a que las reformas constitucionales aprobadas por el Congreso de la Unión en 2001 no permiten, en realidad, ningún ejercicio autonómico en su estrecho marco. Volveremos sobre este punto. Pero no es eso lo que explica que los zapatistas comiencen a construirlas “desde aba-jo”, pues si la autonomía hubiese sido reconocida ya en nuestra carta magna, de igual manera tendría que tejerse desde allí, con la acción de los propios pueblos. De otro modo, no sería una verdadera experiencia autonómica. ¿Qué implica entonces el reconocimiento? Que los pueblos de que se trata no tengan que pasar por el vía crucis de avanzar a contracorriente de la ley, enfrenta-dos a las instituciones, a los aparatos represivos y sin disponer de los apoyos públicos de todo ti-po a que tienen derecho. Nada más, pero tampoco nada menos.

Legalidad y legitimidad

Lo anterior nos lleva al punto de la legalidad de los Caracoles y las JBG. ¿Éstos entran o no en conflicto con las bases legales del país? La inclinación de partidarios y adversarios, por motivos distintos, ha sido proclamar que no hay contradicción. Los móviles que inspiran a los simpatizan-tes seguramente son honrados, pero eso no convierte su visión en acertada. No debe perderse de vista que tanto las JBG como los MAREZ son autonomías de hecho. De otro modo, habría que aceptar que la legalidad actual, fruto de la malhadada reforma de 2001, es suficiente y nada habría que reclamar. Pero sí hay algo que reclamar a los tres poderes públicos: que cada uno en su ámbito de responsabilidad ha dado la espalda al reconocimiento de los derechos de autonomía de los pueblos (el ejecutivo con su doble discurso y sus imposturas, el legislativo con su funesta reforma y el judicial respaldando el desaseo del proceso parlamentario).
Por lo que hace a la posición gubernamental, naturalmente, las motivaciones son distintas. En realidad, con la afirmación de que no hay conflicto, sólo se busca evadir el asunto político de fondo y hacer como que no pasa nada. En esa línea hay que colocar las declaraciones del Secre-tario de Gobernación, Santiago Creel, quien equiparó la iniciativa zapatista con las decisiones in-ternas que toma un grupo privado para organizar sus actividades (parecido a las juntas o comisio-nes que podrían acordar, por ejemplo, los miembros de un club Rotario). A mí me resulta claro que el ejercicio zapatista es un asunto público, y creo que el funcionario no lo ignora. Ni que de-cir que por ningún motivo las autoridades deben recurrir a la represión, pero deberían asumir que hay un desencuentro entre la legalidad actual y el derecho legítimo de los pueblos. La posición oficial deriva tan solo del cálculo de que, al menos por el momento, las JBG no implican un desa-fío al poder y a los intereses que éste resguarda. Se trata de no agitar las aguas (dadas las aspira-ciones políticas en juego con miras a los próximos comicios presidenciales) o de evitar conflictos que, en las actuales circunstancias, ni el gobierno local ni el federal podrían afrontar con resulta-dos a su favor. Se trata también de ningunear, de ignorar o restar importancia al nuevo camino zapatista. En resumidas cuentas, las esferas de poder apuestan a que las JBG fracasarán y se di-solverán sin pena ni gloria, por lo que es un costo menor hacerse de la vista gorda.
Es preocupante este coyuntural enfoque del gobierno. Pues, ¿qué es previsible que ocurra cuando la correlación de fuerzas sea otra o cuando el ejercicio autonómico en su nueva etapa eventualmente colisione con las relaciones e intereses que el poder preserva? Entonces segura-mente el discurso cambiará y, con violencia, se alegará la ilegalidad de dichas autonomías. Con-viene, pues, insistir desde ahora en que si las autonomías que impulsan los pueblos no se ciñen a la legalidad establecida es porque se ha negado un derecho fundamental, incluso traicionando acuerdos mínimos anteriores, y ello justifica la resistencia indígena por la vía de consolidar las autonomías de hecho.
En este caso, la resistencia asume la forma de la desobediencia civil. Hay que recordar aquí que la desobediencia civil ante hechos, medidas e incluso leyes que resultan injustos (por va-riados motivos) es un recurso apropiado, reconocido a los individuos y a los grupos sociales en la mejor tradición democrática. Incluso un liberal mundialmente respetado como John Rawls con-viene que la desobediencia civil es un medio justificado cuando una mayoría se ha impuesto, sin escuchar o considerar las razones de una minoría política, violentando principios como el de igualdad de derechos o de libertad igual. La desobediencia tiene como propósito, entonces, llamar la atención de esa mayoría y buscar convencerla (en este sentido es tanto una acción como un discurso público) de que su mala decisión supone la imposición de una injusticia que debe ser rectificada. Rawls ha definido la desobediencia civil como “un acto público, no violento, cons-ciente y político, contrario a la ley, cometido habitualmente con el propósito de ocasionar un cambio en la ley o en los programas del gobierno.” En tanto último recurso, la desobediencia sigue a los esfuerzos sinceros pero infructuosos de una minoría por hacer valer sus razones. La iniciativa autonómica de los zapatistas cumple con cada uno de estos presupuestos. Desde otras perspectivas políticas y filosóficas, en las que no puedo detenerme aquí, se ha sostenido una opi-nión parecida. En este sentido, los Caracoles y las JBG constituyen una forma de desobediencia civil, válida y legítima, ante la falta de reconocimiento de derechos fundamentales de los pueblos indígenas.
De este modo, me parece, se puede conciliar la idea de una carencia de legalidad autonó-mica en el país con el derecho a la resistencia de los indígenas (vía los autogobiernos de hecho) frente a esa situación injusta. En el mejor de los casos es ingenuo, y en el peor inútil o torpe, in-sistir en que el Convenio 169 o los Acuerdos de San Andrés dan bases legales suficientes a los Caracoles y las JBG o, para el caso, a los propios municipios autónomos. En relación con el Con-venio —independientemente de si este es, por sí mismo, sustento adecuado— se estarían igno-rando las jerarquías jurídicas asentadas por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, a saber, que la constitución general tiene prioridad respecto de pactos y convenios; y, además, se perdería de vista que precisamente la carta magna fue reformada con la intención de no incluir algunos principios de aquel convenio. Por lo que respecta a los Acuerdos de San Andrés, ¿si éstos fue-ran ya parte de la legalidad del país, por qué reclamaríamos que el congreso los apruebe, honran-do lo pactado en 1996? Hay que insistir en la “reforma de la reforma”, sin abandonar la resisten-cia y el impulso de las autonomías de facto. Otra cosa es subrayar la legitimidad de estas prácti-cas autonómicas, que sin duda les viene en primer lugar de las reivindicaciones de los pueblos in-dios y de los Acuerdos de San Andrés.

La innovación zapatista

Los Caracoles y sus JBG, asimismo, arrojan luz sobre un punto crucial: la autonomía no es con-servatismo a ultranza, apego estricto a una tradición que no puede ser perturbada ni por las brisas de la selva; un inmovilismo obstinado que se niega a incorporar nuevas instituciones, formas de organización social novedosas, principios de sociabilidad que, en su despliegue, suponen cambios sustanciales en los llamados “usos y costumbres”, etcétera. Es verdad que con la autonomía se busca ser fiel a una identidad, a unas normas que dan sentido y profundidad a la vida; pero es también innovación que procura enriquecer y dar continuidad a esa vida en circunstancias cam-biantes. Incluso, es una clase de renovación que implica verdaderos desafíos para los cánones de la cultura “nacional” establecida. Como han sido planteados, los Caracoles y las JBG son una sín-tesis de tales innovaciones: nuevo órgano de autogobierno, nuevas funciones, atribuciones y competencias de las autoridades propias, propuestas de cambios en las relaciones sociopolíticas al interior de los pueblos y con el exterior, reconstrucción de la cultura para afianzar el reconoci-miento del otro y el espíritu de tolerancia... La idea de una autonomía centrada sólo en unos prin-cipios “comunales” inmutables, que no plantean nuevas articulaciones con la sociedad global en que los núcleos indígenas están insertos, que no busca ampliar la escala o el alcance del autogo-bierno y la vida en común, etcétera, no sólo empobrece el proyecto indígena, sino que condena a la misma autonomía a la inviabilidad, a ser una “utopía arbitraria” (para usar un enunciado de Gramsci).
En igual dirección, me parece que la iniciativa que nos ocupa procura renovar el sentido y el ejercicio mismo del poder, tema al que ya nos hemos referido. Aclara otro debate, que puede sintetizarse en esta pregunta: ¿El zapatismo rechaza todo ejercicio del poder, se pone de lado e incluso condena la búsqueda de un nuevo poder (contrapoder o antipoder)? O en este otro inter-rogante: ¿El zapatismo ignora la cuestión política —central por todos los motivos— de la cons-trucción de un nuevo poder, o se propone, para usar una fórmula ya polémica, “cambiar el mundo sin tomar el poder”? Es claro que ni para el zapatismo ni para la mayoría de la actual izquierda existe una relación mecánica entre toma del poder y transformación del mundo; y tampoco se acepta ya la vieja idea de que la toma de poder es una acción audaz, un golpe de fuerza eficaz y oportuno. El poder es algo demasiado complejo, su campo de acción y penetración demasiado ex-tenso y profundo, como para que pueda “tomarse” de esa manera. Más aún, he sugerido que el poder quizás no puede “tomarse”, sino sólo cambiarse; y que, en contraste, es el mundo el que puede ser tomado por la acción de los pueblos, justo para cambiar el poder por otra cosa.
Cuando en la Treceava estela (quinta parte) se aclara que “puesto que el EZLN, por sus principios, no lucha por la toma del poder, ninguno de los mandos militares o miembros del Co-mité Clandestino Revolucionario Indígena puede ocupar cargo de autoridad en la comunidad o en los municipios autónomos”; y que aquellos que “deciden participar en los gobiernos autónomos deben renunciar definitivamente a su cargo organizativo dentro del EZLN”, el punto del poder se aclara considerablemente. Lo que esto significa es que la organización político-militar no lucha por la toma del poder. Pero ese precepto no parece extenderse a la idea de que no está interesado ni preocupado por la construcción de un poder popular que, por supuesto, debe ser distinto del que conocemos; ni tampoco que desapruebe los esfuerzos en ese sentido. No dice, por ejemplo, que los que decidan participar en la construcción de los gobiernos autónomos son, por ello, in-dignos y condenables; tan sólo que, en un ejercicio de congruencia, deben renunciar a sus cargos dentro del EZLN, pues de ningún modo conviene que personas que ocupan posiciones en la orga-nización armada sean también autoridades civiles o políticas. La cuestión es tan sencilla y tan profunda como esto.

"Tal vez sí..."

Al final de la estela decimotercera, el Sub medita: quizá en los Caracoles, en medio de la bulla y el ajetreo de sus constructores, se está levantando “un mundo nuevo”. Cabe la duda: "Tal vez no... pero tal vez sí...", concluye. La cuestión queda abierta. El nuevo orden autonómico es una promesa que no puede escapar a la incertidumbre, aunque sólo sea por el hecho de que su cabal realización depende de muchos factores, y no todos están únicamente en manos de los zapatistas chiapanecos y menos aún de los zapatistas del EZLN, ni incumben solamente a éstos. No habrá fu-turo para las autonomías en México sin un gran movimiento cultural, moral y político que sume a lo mejor de las fuerzas nacionales y regionales, así como a los sectores populares, en el mismo proyecto pluralista. Es por eso que la autonomía no puede atrincherarse en espacios reducidos ni limitarse al mundo indígena. Lo más urgente es tejer alianzas y hacer política con todos los que están persuadidos de que otro mundo es posible. Sí, es el camino el que debe ir despejando las fi-las, y no una visión previa de la pureza, cualquiera que esta sea. El propósito inmediato es acu-mular fuerzas, y esa acumulación no puede hacerse si no con otros, en una escala ascendente de alianzas y acciones comunes contra los poderes y relaciones que oprimen, subordinan, explotan o excluyen.
La creación de los Caracoles es también la medida de los retos que enfrentan tanto el mo-vimiento indígena como el propio zapatismo. Si el proyecto autonómico requiere extenderse por toda la geografía nacional, coordinarse como un gran movimiento político y ser asumido como una meta democrática por amplios sectores no indígenas, apremia que el movimiento indígena sea más que la resistencia desorganizada, la celebración de algunas reuniones periódicas y la retó-rica de las declaraciones dirigidas a la opinión pública. Y en este proceso, el papel de los pueblos indios es crucial. Unidad en la diversidad, tolerancia hacia la diferencia, visión de conjunto, alianzas políticas que rebasen los acuerdos coyunturales entre pequeñas facciones, acciones con-cretas comunes, parecen ser algunas claves del momento.
Y unas preguntitas finales: ¿Las JBG no están rebasando ya el marco de los propios Acuer-dos de San Andrés, incluyendo la versión COCOPA de los mismos? ¿Una vez afianzada la expe-riencia y comprobados los logros de los autogobiernos regionales, se conformarán los demás pueblos con el marco mínimo de lo pactado en San Andrés? La respuesta a esta pregunta debería preocupar a nuestra clase política a menudo tan obsecuente con los mandatos del capital transna-cional y tan díscola cuando se trata de reconocer derechos a los pueblos. Puede repetirse la expe-riencia del salinato, moroso hasta la insolencia para reglamentar el 4º Constitucional reformado en 1992, entonces pedido por muchas organizaciones indígenas, y luego imposibilitado de hacer-lo una vez que se produjo la explosión autonomista, hacia 1995, en las filas indígenas. O sea, que el grupo salinista cuando pudo no quiso, y cuando quiso no pudo. Los que ahora manejan la cosa pública deberían verse en ese espejo.



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Reconocimiento y redistribución


RECONOCIMIENTO Y REDISTRIBUCIÓN


Héctor Díaz-Polanco


Desaliento e irritación quizá son los términos que mejor caracterizan el ánimo general del país, conforme avanza el período de gobierno de Vicente Fox. Por lo que hace a la asignatura pendiente del reconocimiento de los derechos de los pueblos indios, el balance no puede ser más deplorable. La imagen de un equipo de gobierno apocado, incompetente y sin visión, se amplifica por el hecho de que, a pocos meses de iniciada la nueva administración, ésta tuvo en sus manos, y la desperdició, la oportunidad de oro de promover el primer gran paso hacia la reforma pluralista del Estado. La re-forma constitucional para el reconocimiento de los derechos de los indígenas, en cambio, resultó el primer gran fracaso para el gobierno de Fox, si medimos el hecho por sus implicaciones y costos po-líticos. Puede decirse, incluso, que este tropiezo marcó el curso futuro del gobierno foxista. Fue el principio del fin de una breve luna de miel establecida entre el entonces candidato Fox y amplios sectores de la sociedad que, sin ser panistas pero con ganas de creer en los ofrecimientos de campa-ña, le dieron el triunfo en las urnas.

1. El festín de promesas

Durante la campaña para las elecciones nacionales del 2 de julio de 2000, Fox prometió enviar al congreso la propuesta de la COCOPA como una iniciativa presidencial, en caso de resultar el triunfador. Más aún, sorprendentemente, manifestó que estaba de acuerdo con lo pactado en San Andrés y con los derechos contenidos en la formulación de la COCOPA. Incluso, con su peculiar estilo, el can-didato aseguró que, una vez en la presidencia, resolvería el problema de Chiapas “en quince minutos”. Estos ofrecimientos, enmarcados en la frenética carrera de ofertas seductoras que emprendió dicho candidato sobre casi cualquier tema de interés público, fueron uno de los ganchos usados por los estrategas electorales foxistas para montar la campaña del llamado “voto útil”, con la que convocaron a sectores de diversas tendencias políticas a votar por el aspirante conservador. Al igual que otros sectores del espectro electoral, una franja del movimiento indígena, e incluso de la izquierda, sucumbió a esta tentación.
Con tantas promesas no es de extrañar que existiese en el país cierta expectativa. El pro-pio EZLN le dio al flamante mandatario el beneficio de la duda: si éste cumplía con su promesa de hacer lo necesario para reconocer los derechos de los pueblos indios (junto al repliegue militar y la puesta en libertad de los presos zapatistas), el primero restablecería el contacto con el gobierno para reiniciar el diálogo y la negociación cuanto antes. Tocante al asunto, sin embargo, en los meses siguientes el nuevo grupo en el poder torcería dramáticamente el camino.

Durante los dos primeros años de la administración foxista no se ha impulsado política de Estado alguna que produzca cambios apreciables para los pueblos indígenas. En perspectiva, tampoco se perfila siquiera algún nuevo enfoque sobre las relaciones de dichos pueblos con el gobierno y el resto de la sociedad. La administración de Fox se limitó al cambio formal en el organigrama indigenista (la creación de la Oficina de Representación para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de la Presidencia de la República y la propuesta de retoques cosméticos al viejo INI). Hasta ahora, nada de ello se ha traducido en acciones concretas de alguna relevancia. Asimismo, el foxismo se aplicó a encandilar a cierta capa de la dirigencia indígena, a golpe de ofertas sobre los supuestos cambios que ésta podría emprender en el seno del gobierno. Todo el proyecto de cambio “desde adentro” se ciñó a la designación de algunos indígenas —otrora críticos de la política indigenista del Estado— en puestos burocráticos, particularmente al frente de la dirección del INI y en cargos estatales del mismo instituto. Pero la promesa de que, desde estos puestos en el aparato, se impulsaría una nueva política hacia los pueblos indígenas quedó en palabras. El INI, ahora bajo la responsabilidad de figuras indígenas, ni cambió sus prácticas ni tampoco dispuso siquiera de recursos para impulsar acciones asistencialistas. La estrategia foxista para el control del movimiento indígena desde el aparato indigenista y mediante la cooptación, sin embargo, mostró pronto síntomas de crisis con la destitución del director indígena colocado al inicio del gobierno al frente del INI y el posterior deslinde de sectores del movimiento que en principio habían confiado en sus promesas.

2. El fracaso del reconocimiento de derechos

Pero el mayor descalabro de la administración foxista, como se dijo, se registra por lo que hace a los prometidos cambios legislativos, acordes con los Acuerdos de San Andrés. El nuevo titular del ejecutivo envió la propuesta de la COCOPA al Congreso de la Unión como una iniciativa presidencial de reformas y adiciones a la constitución general, el 5 de diciembre de 2000. Muchos vie-ron el gesto como una señal prometedora. Pero lo que en realidad ocurrió fue un reacomodo de las fuerzas en torno a las diversas iniciativas que ya estaban sobre el tapete legislativo. El presi-dente siguió manifestando su adhesión a la propuesta de la COCOPA. Pero los legisladores del aho-ra partido oficial (el PAN), se mantuvieron fiel a la iniciativa que esta organización había presen-tado dos años atrás y que claramente se apartaba del espíritu de San Andrés y de la propuesta de la COCOPA. El nuevo grupo en el poder, por decirlo así, se desdobló: el presidente enviaba el mensaje de que favorecía los acuerdos pactados con el EZLN, mientras los legisladores panistas sostenían de modo patente una posición prácticamente contraria.
En el ínterin, la Caravana de la Dignidad Indígena recorrió buena parte de los estados del sur y el centro del país. El propósito central de la misma fue explicar a la nación el sentido de las demandas indígenas y promover ante el congreso la aprobación de los Acuerdos de San Andrés en su versión COCOPA. La caravana tuvo tres momentos cumbres: el encuentro indígena en la comunidad de Nurío (Michoacán), la concentración en el zócalo de la Ciudad de México y las in-tervenciones de voceros zapatistas en la tribuna de la Cámara de Diputados. La iniciativa del EZLN se vio coronada por el éxito en lo relativo a sensibilización de la opinión pública: durante la marcha, la problemática étnico-nacional ocupó el centro de la atención pública y se puso en evidencia el gran respaldo que la causa indígena había despertado en amplios segmentos de la sociedad. Pero como lo mostraron los hechos posteriores, se necesitaba más que la euforia zapatista para conseguir que el poder legislativo respetara los acuerdos. En medio de la embriaguez autonomista se avivaron expectativas sobre un desenlace venturoso que no estuvieron suficientemente apoyadas en la continua presión del movimiento indígena. El contingente zapatista de la Carava-na regresó a Chiapas y las organizaciones indígenas continuaron reclamando que los pueblos fue-ran consultados. Despejado el ambiente, las fuerzas mayoritarias del congreso se dispusieron a construir su propio acuerdo sin sobresaltos.
El desenlace legislativo, en efecto, fue muy distinto de lo esperado. La subcomisión dic-taminadora del Senado elaboró un documento totalmente apartado del espíritu de los Acuerdos de San Andrés y que despedazaba la propuesta de la COCOPA. El dictamen se fundó en una moción de la fracción senatorial del PRI, que contó con el apoyo entusiasta del PAN. De hecho, los panis-tas dejaron en manos de los priístas la elaboración del dictamen, una vez que éstos estuvieron dispuestos a incluir los candados que los primeros consideraban indispensables. De este modo quedaron garantizados los votos precisos para aprobar las reformas y adiciones al gusto de ambas fracciones parlamentarias. El dictamen fue aprobado los días 25 y 28 de abril de 2001 por el Senado y la Cámara de Diputados, respectivamente. La bancada del PRD, en minoría y medio atur-dida, poco pudo hacer. Primero, los perredistas intentaron lograr un voto suspensivo ante el ple-nario, con el propósito loable de que el proyecto de reforma fuera consultado con los pueblos in-dígenas. Se trataba, alegaron, de un asunto de enorme importancia que no debía ser aprobado apresuradamente y sin consulta con los primeros interesados. La moción fue rechazada por el PRI y el PAN. Éstos se sabían invencibles y, ciertamente, tenían prisa. Luego, la fracción senatorial perredista, calculando equivocadamente que podía entrar a un debate crítico en lo particular, votó a favor en lo general. Esto causó desconcierto y, además, resultó inoperante, pues el debate particular —bloqueado por la mayoría— no dio ningún fruto significativo: todas las propuestas del PRD de cambios a puntos cruciales de la reforma fueron rechazadas. En cambio, la imagen de que los perredistas habían “aprobado”, sin más, las reformas en el senado, empañó el semblante público de éstos, al tiempo que favoreció al adversario.
Cuando se hizo la discusión de las reformas en los congresos estatales, como lo impone la constitución federal, se vio enseguida que aquellas no contaban con la suficiente aceptación y legitimidad que exige un cambio de esta trascendencia. Aunque se logró la votación favorable del número de congresos estatales que requiere la carta magna para que las reformas fueran aprobadas, el hecho de que una buena parte votara en contra y, sobre todo, que lo hicieran los congresos de los estados de Chiapas, Oaxaca y Guerrero —precisamente las entidades que concentran la mayoría de la población indígena del país— evidenció el precario apoyo que alcanzó el dictamen sancionado por el Congreso de la Unión. Expresión de esta inconformidad fueron también las más de trescientas controversias elevadas ante la Suprema Corte del país por autoridades municipales, así como las quejas y reclamaciones contra el Estado mexicano, por violaciones del Convenio 169, presentadas ante la OIT.
Salta a la vista que las principales mudanzas que desfiguraron el consenso de la COCOPA, se inspiraron en la iniciativa presentada por el gobierno priísta en 1998, con algunas adiciones de clara factura panista. Pero hay que decir que, en varios aspectos centrales, la reforma aprobada se coloca incluso más atrás del proyecto original del entonces presidente Zedillo. La nueva amal-gama PRI-PAN resultó veneno puro para las aspiraciones pluralistas.
Compendiando, la “autonomía” aprobada reduce ésta al ámbito comunal y, además, niega a las comunidades el carácter de entidades de derecho público; remite a las constituciones y leyes locales el “reconocimiento” de los pueblos y comunidades indígenas, así como la facultad de es-tablecer “las características” de libre determinación y autonomía, lo que contradice el principio general del artículo 2° sobre la composición pluricultural de la nación, anula la relevancia nacio-nal de los derechos y somete su observación a los avatares políticos de las entidades federativas, entre otros problemas; restringe la aplicación de los sistemas normativos internos y las “prácticas jurídicas” de los pueblos, que pasan a ser “costumbres”; elimina el acceso colectivo al uso y dis-frute de los recursos naturales en los territorios, al tiempo que pone nuevas trabas y apuntala las reformas en materia agraria impuestas en 1992 por el gobierno priista, las cuales han rechazado desde entonces los campesinos e indígenas; suprime la “participación ciudadana” en los munici-pios, al tiempo que deja fuera todo el sustento (establecido originalmente por la COCOPA en el ar-tículo 115) para el ejercicio de la libre determinación en “cada uno de los ámbitos y niveles en que hagan valer su autonomía” los pueblos; consecuentemente, desaparece la facultad de las co-munidades, y de los municipios que “reconozcan su pertenencia a un pueblo indígena”, para “asociarse libremente” y ejercer así algunos derechos en niveles supracomunales que favorezcan su gradual recomposición como pueblos. El espíritu priista reaparece en el apartado B del artículo 2° reformado, pues se vuelve al esquema asistencialista, a la vieja usanza del indigenismo. Esto es, además, completamente extraño a las reglas o técnicas constitucionales y, sobre todo, a cual-quier principio autonomista.
Conviene destacar la amputación hecha por priístas y panistas de los ordenamientos in-cluidos por la COCOPA como adiciones a los artículos 53 y 116, que favorecían, respectivamente, la representación de los indígenas en el Congreso de la Unión y en los congresos locales. En las reformas de 2001, lo relativo al primer artículo se rebaja a “cuando sea factible” y se incluye en un “transitorio” de incierta aplicación. Respecto a la garantía para que los pueblos alcanzaran representación “en las legislaturas de los estados por el principio de mayoría relativa”, la mayoría parlamentaria simplemente decidió suprimir este derecho. Así las cosas, en la práctica y en la norma los pueblos continuarán relegados de estos poderes de decisión. Uno de los elementos cla-ve de la autonomía quedó así suprimido de un plumazo.
Todo ello constituye un rechazo brutal de las demandas mínimas de los pueblos, las que habían levantado una adhesión tan entusiasta en amplios sectores de la sociedad no indígena durante la “Caravana de la Dignidad”. No es sorprendente, entonces, que las organizaciones indias del país y el propio EZLN rechazaran tajantemente la reforma de marras, calificándola de burla y traición. La comandancia zapatista rompió inmediatamente todo contacto con el gobierno federal y con ello se cerró el camino andado en los meses precedentes para restablecer el diálogo. Las expectativas de paz recibieron un duro golpe.
En un sector de la sociedad prevaleció la sensación de que las fracciones mayoritarias del Congreso no estuvieron a la altura de su responsabilidad política y desperdiciaron una espléndida ocasión para abrir las puertas de la pluralidad. Por supuesto, desde el punto de vista de los que consideraron inconveniente la incorporación jurídica de la autonomía, la evaluación es diferente. En todo caso, lo que resulta indudable es que el desenlace de abril dejó insatisfechos a los pue-blos indígenas y difícilmente podrá ser la base de un Estado multicultural y pluriétnico. Y para un país como México esto es lo relevante. Es claro también que subsiste el arduo reto de reabrir cau-ces que conduzcan a las negociaciones políticas y, finalmente, a los acuerdos constructivos.

3. La responsabilidad de los poderes

¿Cuál fue el desempeño del gobierno de Fox? Nadie podía ignorar que el tema de los derechos indígenas era seguramente uno de los asuntos cruciales a ventilar durante dicha administración. Sin embargo, la impresión es que el equipo de gobierno o no aquilató la importancia de la cues-tión o no supo defender —respetando la separación de poderes— la iniciativa que había salido del despacho presidencial. Puede considerarse una hipótesis quizá más plausible: nunca fue real-mente un proyecto del nuevo gobierno que lo sustancial de los Acuerdos de San Andrés se con-virtiese en marco legal del país. La actuación del presidente estuvo marcada por el doble discurso y por la ambivalencia, mudando sus juicios según las circunstancias; y el desempeño de los de-más miembros injeridos del gabinete no fue distinto. Inmediatamente después de conocerse las reformas que la dupla PRI-PAN habían aprobado en el congreso, y que hacían añicos su propia ini-ciativa, Fox no sólo no se quejó siquiera de tal resultado, sino que consideró que con lo reforma-do se “dignificaba” a los pueblos indígenas. En el mes de octubre de 2001, después de ser incre-pado en Europa por simpatizantes zapatistas, el mandatario declaró que su gobierno favorecía la revisión o “reforma de la reforma”. Pero unos días después descartó cualquier rectificación, pues aseguró que la reforma en cuestión colocaba a México entre los países más avanzados del mundo (“a la vanguardia”, como le gusta decir).
Este comportamiento dejó en claro que el presidente Fox jamás tuvo la menor identificación con la propuesta elaborada a partir de los acuerdos con los zapatistas, como lo dio a entender durante la campaña electoral y aún después. Quedaban atrás las palabras pronunciadas por Fox el primero de diciembre de 2000, en su mensaje de toma de posesión. El compromiso de crear condiciones que hicieran posible la autonomía, así como el anuncio de un “nuevo amanecer“ para los indígenas y el país, se disolvieron en el aire en abril de 2001.
En suma, los acuerdos pactados en San Andrés fueron víctima de una doble voluntad que, como fuerza extraña, se sobrepuso a todo lo convenido. En primer término, los acuerdos fueron avasallados por las interpretaciones unilaterales del gobierno federal, particularmente durante el gobierno priista de Ernesto Zedillo. Aunque éste fue un directo involucrado, como una de las partes en el proceso de negociación, luego se comportó como una voluntad superior que no se sentía realmente comprometida con lo acordado. Aceptó participar en la negociación, pero colo-cándose por encima de ella. El gobierno se desdobló en dos sujetos diferentes: uno era el que dialogaba y acordaba en la mesa de negociación, y otro el que —ahora en su papel de autoridad— definía el verdadero sentido y alcance de lo pactado. Dicho de otro modo, la parte indígena no fue considerada nunca por el gobierno como un igual. La autoridad gubernamental se arrogaba una facultad preeminente a la hora de dilucidar y concretar los términos de los acuerdos. El gobierno priista fue negociador y, en última instancia, juez de lo negociado.
A partir del gobierno foxista, el pacto de San Andrés choca con una segunda trinchera de contención: el poder legislativo. En la mesa de diálogo de 1995-1996, los indígenas buscaron ne-gociar nuevas relaciones con el Estado mexicano que modificaran la posición de aquéllos en la sociedad nacional. Incluso en los propios Acuerdos de San Andrés se hacen continuas alusiones a este plano de avenencia. Pero en la práctica, negociaron con uno de los poderes del Estado, el ejecutivo, representado por el gobierno federal (firmante de los pronunciamientos y las propuestas). Las implicaciones de tal ambigüedad gravitaron sobre el cumplimiento de lo pactado. La idea de que los acuerdos comprometían políticamente al conjunto del Estado quedó opacada por el principio de que lo convenido no obligaba legalmente a los demás poderes, salvedad hecha de algún vago deber moral. En particular, las facultades constituyente y determinante de la ley del poder legislativo quedaban a salvo respecto a cualquier obligación adquirida por el ejecutivo. En otras palabras, de acuerdo con este esquema de disyunción entre lo político y lo legal, el congreso podía hacer caso omiso de los pactos políticos. Y fue esto precisamente lo que hizo el poder le-gislativo en abril de 2001, mientras el gobierno federal aceptaba “resignadamente” el desenlace. En este caso, la mayoría legislativa no se tomó el trabajo de escuchar la voz de los pueblos indígenas, sintetizada en los acuerdos mínimos alcanzados con el gobierno. Las mayorías de las res-pectivas cámaras se escucharon a sí mismas, y luego decidieron. Y es sintomático que, cuando lo hicieron, los cartabones de su dictamen fueron las interpretaciones de los acuerdos prevalecientes en el gobierno priista de Zedillo y en el ahora partido oficial. El ejecutivo foxista no tuvo necesi-dad de hacer explícita su interpretación de los acuerdos; le bastó con mostrarse “neutral“. Cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió, el 6 de septiembre de 2002, declarar impro-cedente las controversias constitucionales que habían presentado diversos municipios en contra del procedimiento de reforma constitucional, alegando que la primera fracción del artículo 105 constitucional no la faculta para revisar tal procedimiento (el cual “no es susceptible de ningún tipo de control judicial” y, por tanto, “no procede la revisión” de los actos del legislativo en tanto órgano reformador), dejó sin defensa a los pueblos y cerró el círculo de hierro del poder.
Los indígenas fueron víctimas, en fin, de la lógica del mismo poder que querían cambiar. Quedaron atrapados en un circulo vicioso: reclamaron ser parte de una nación renovada, pero la resolución legal sobre ese ingreso la tomaron unos poderes (el Congreso de la Unión, los congresos locales, el Poder Judicial de la Federación) de los que precisamente no son parte los pueblos indígenas, lo que, a su vez, en buena medida explica el porqué fueron rechazados. El gobierno de la república —el priista, al igual que el actual foxista— fue parte clave de este juego.

4. La estrategia foxista: desarrollo de la comunidad

Lo dicho hasta aquí queda reforzado por el hecho de que, desde antes de tomar las riendas del go-bierno, el grupo foxista había abrazado una doctrina que especula con la posibilidad de remontar el contencioso indígena sin el reconocimiento de la autonomía. En efecto, un rasgo parece caracterizar la ruta foxista en torno a la problemática étnica: la esperanza de resolver o disolver los conflictos con los pueblos, especialmente el que se expresa en Chiapas, mediante programas de “desarrollo social“, obviando la solución del asunto de fondo que tiene que ver con el reconocimiento de derechos. Este enfoque “desarrollista”, que ha sido expresado en forma reiterada por el Comisionado para la Paz en Chiapas, Luis H. Álvarez, está orientando la estrategia oficial. En síntesis, se dice que el gobierno ofrece reiniciar de inmediato el diálogo con los zapatistas, naturalmente en los términos de aquél; pero se advierte que si los rebeldes no aceptan sentarse a la mesa, entonces eso no detendrá a las autoridades para impulsar los apoyos y los proyectos de desarrollo en las comunidades.
En una reunión de académicos realizada a finales de 2000, en la que estuvo presente el que sería Comisionado para la Paz y su equipo, me percaté de la marcada tendencia de éstos a poner machaconamente el énfasis en las medidas socioeconómicas, en un marco en el que desaparecían o apenas figuraban los pasos y esfuerzos necesarios para concluir el acuerdo político con los pueblos indígenas. Llamé entonces la atención sobre lo que, a mi manera de ver, era un enfoque parcial. Opiné que debía mantenerse, incluso en el primer plano de prioridad, la meta de arribar a un pacto nacional de reconocimiento de los derechos mínimos de los pueblos indígenas, pues este contrato era una condición de todo lo demás. No pueden aplicarse programas de desarrollo que sean exitosos sin arreglo político. El virtual comisionado pareció estar de acuerdo con este razonamiento. Después de aquel fugaz intercambio, no hemos cruzado palabra. Pero tanto la actuación como las declaraciones del funcionario en los dos últimos años revelan que el enfoque referido no sólo no fue abandonado, sino que se ha reforzado cada vez más en el seno del gobierno.
El comisionado, en efecto, ha reiterado recientemente esta visión. Después de reunirse con los miembros de la COCOPA, en uno de los esfuerzos cada vez más lánguidos de ésta para promover un acercamiento entre las partes, el funcionario declaró que no sólo el diálogo con los rebeldes per-mitirá solucionar la problemática de la entidad chiapaneca; y agregó que el gobierno está “instru-mentando acciones que tienen que ver con las demandas originarias del EZLN”, tales como educación y salud. Aunque el gobierno esperará a que los zapatistas regresen a la negociación, advirtió que esto “no implica el abandono de las acciones que en lo social se están instrumentando”.
Es claro que no puede esperarse razonablemente que un gobierno renuncie a emprender acciones sociales. Pero lo que sí puede requerirse es que procure que éstas sean realmente efectivas. No lo serán en las actuales circunstancias. ¿Qué deberíamos esperar del comisionado? Que estuviera insistiendo en la necesidad de crear condiciones para avanzar hacia el acuerdo político. Por ejemplo, instando al congreso, a nombre del ejecutivo federal, a emprender la “reforma de la reforma”. Un enfoque de este tipo daría credibilidad a los llamados del gobierno al diálogo. Pero ¿qué confianza puede suscitar un discurso que plantea el diálogo, sin que se den paso medulares para construir sus condiciones, mientras se ponen en práctica acciones para sortear el acuerdo y, de paso, debilitar a la parte contraria? Lo dicho: persiste la idea de que una solución política, satisfactoria para ambas par-tes, no es un requisito para llegar a buen puerto. El mensaje parece ser: Si los zapatistas aceptan negociar en nuestros términos, serán bienvenidos; si no, peor para ellos. Después de las frustradas reformas, por tanto, se ha vuelto al punto de partida: nada que implique cambios sustanciales.
Todo indica que no se trata de una visión particular del comisionado, sino que es parte de un plan minuciosamente concebido, cuyos propósitos no tienen en verdad la meta de promover el desarrollo de los pueblos indios, sino ahorrarse los cambios. Inclina a pensarlo el hecho de que se trata de un programa enfocado al Estado de Chiapas y, en particular, a las zonas de influencia zapatista, sin que vaya acompañado de un proyecto nacional para el desarrollo social de las regiones indígenas del país. ¿Si la penosa situación socioeconómica de las comunidades chiapanecas es prácticamente la misma que sufren los indígenas en otras partes (Oaxaca, Guerrero, Puebla, etc.), por qué entonces el gobierno no muestra la misma obsesión por el “desarrollo social” en éstas que en aquéllas? La información disponible indica que en Chiapas el gobierno está dispuesto incluso a usar todo su poder para lograr la aceptación de sus ofrecimientos entre los indígenas descontentos. En cambio, en regiones donde los pueblos reclaman atención gubernamental desde hace décadas, la actitud de las autoridades federales es de indiferencia, cuando no de desprecio. De hecho, como se ha visto, el gobierno carece de plan global alguno en relación con los pueblos indígenas de México (y si existe, se ha mantenido en secreto), que no sea la desganada continuidad de la vieja política indigenista.
Así las cosas, cabe presumir que las “acciones sociales” destinadas a los indígenas de Chia-pas tienen mucha miga impresentable. Las medidas que a toda costa quiere poner en práctica la actual administración en Chiapas, en medio de la dejadez que muestra para el resto de las regiones, hacen pensar que su objeto no es promover el desarrollo, sino debilitar al EZLN y sus bases de apo-yo. Una vieja idea parece precederla: que desarticulando el principal núcleo de resistencia india, en breve también se podrá quebrar políticamente al movimiento indígena en su conjunto. En tal evento, ya no será necesario siquiera hablar de reconocimiento de los derechos autonómicos de los pueblos. En este esquema es difícil ocultar el bulto contrainsurgente. Así que después de todo el gobierno sí parece tener un proyecto, al menos para los indígenas chiapanecos; pero no puede ser nombrado con el término de desarrollo, sino de contrainsurgencia.
Tal enfoque quizá ha sido el mayor obstáculo para la búsqueda de una solución al conflicto. La experiencia indica que en estos casos debe procurarse, ante todo, una solución política; y que en este marco deben diseñarse los programas para solventar los múltiples rezagos en materia socioeconómica. Tales programas deben ser convenidos con los pueblos, si se desea que tengan éxito; lo que presupone entonces el acuerdo político en torno a los derechos de esos pueblos (núcleo del recono-cimiento). Sin los cambios que trae consigo el pacto autonómico, las medidas de gobierno continúan en su tradicional tesitura asistencialista; no es casual que en el lenguaje de los funcionarios y depen-dencias que actúan en Chiapas las palabras más usadas para referirse a sus propias acciones sean “apoyo” y “ayuda”. En suma, se debe transitar en el sentido inverso de la génesis del conflicto: éste se ha gestado básicamente desde la desigualdad socioeconómica y ha cristalizado en demandas sociopolíticas; para remontar la situación, se debe avanzar desde el acuerdo político para posibilitar las medidas socioeconómicas consecuentes. Pero esto implicaría una voluntad renovadora que, paradójicamente, parece estar ausente en el ánimo de los actuales gobernantes “del cambio”.
El tiempo dirá si es posible irse por la tangente: procurar el “desarrollo social” de las comunidades, según el peculiar punto de vista gubernamental, sin una solución política de conjunto y soslayando el reconocimiento real de los derechos de los pueblos. Por lo pronto, después de más de dos años, no se advierten frutos alentadores.

5. Igualdad versus reconocimiento

Lo que está en juego es una vieja cuestión: la supuesta disyuntiva entre redistribución (que promueve la igualdad) y reconocimiento (que reivindica la diferencia). En la actual coyuntura, el ejecutivo federal se presenta como un "partidario" de supuestas medidas redistributivas (envueltas en el “desa-rrollo social”), mientras se desentiende del reconocimiento de derechos (y en esto cuenta con el respaldo de los demás poderes). Al margen de que, como se ha visto, las “acciones” del gobierno foxis-ta no son en verdad redistributivas en sentido autonómico, la perspectiva que queremos defender aquí es que aquella disyuntiva es falsa. No necesitamos escoger. El punto es, y siempre ha sido, cómo lograr reconocimiento e impulsar la igualdad simultáneamente, como partes del mismo proceso.
Una breve digresión teórica puede aclararnos el asunto. Las identidades que el régimen de autonomía busca sustentar y valorar son múltiples: los grupos identitarios combinan y jerarquizan diversas pertenencias. Las identidades no son estáticas, entre otras razones porque no son ajenas a determinados contextos; por lo tanto, son tan dinámicas como la trama social en la que cobran vida y significado. Esta perspectiva de las identidades múltiples y cambiantes es uno de los cuadros básicos en el que la autonomía debe concebirse. Cualquier política fundada en las identidades como si fuesen esencias o entes aislados resulta inadecuada. La visión esencialista es inconveniente porque, por un lado, promueve el aislamiento, la intolerancia y resulta contraria el pluralismo; pero, por otro, porque hace caso omiso del contexto y, por consiguiente, ignora los cimientos socioeconómicos y el régimen de dominación política que son los nervios articuladores de las desigualdades nacionales, étnicas o de género. De ahí que alimente la ilusión de que es posible encontrar soluciones al margen de cambios (redistributivos) de las estructuras socioeconómicas, así como sin transformaciones de las prácticas políticas y culturales enraizadas en estas estructuras.
De lo que resulta que desvincular la vertiente socioeconómica de una “política de la identidad” es tan incorrecto como dejar de lado el reconocimiento. La autonomía es una política de la identidad que busca articular los cambios estructurales para perseguir la igualdad y la justicia, con los cambios socioculturales para establecer el reconocimiento de las diferencias y desterrar las relaciones que minoran e irrespetan a los grupos identitarios. Durante una larga etapa, la iz-quierda privilegió la redistribución, esto es, la lucha por la igualdad social y contra la explota-ción, prescindiendo más o menos radicalmente del reconocimiento de las identidades. Últimamente, movimientos muy diversos dan exclusividad (o casi) a la lucha contra la dominación cultural y a la reivindicación de las diferencias fundadas en la nacionalidad, la etnicidad, el género y la sexualidad. Su fuerza y extensión es una novedad. Lo peculiar de esta corriente en ascenso es que regularmente acepta sin reservas ni crítica la política de reconocimiento en boga. Me refiero al reconocimiento que se funda en los cartabones del etnicismo esencialista o del multiculturalis-mo liberal, para los que el problema de la discriminación y la exclusión desplaza el problema de la explotación y la desigualdad socioeconómica o lo coloca en un plano muy secundario. Ambos caminos son equivocados. Trascenderlos requiere una crítica tanto de las formulaciones que favo-recen sólo la redistribución como de las que se limitan al reconocimiento, al menos como se han planteado hasta ahora.
Hace varios lustros, insistimos en la necesidad de considerar simultáneamente dos géneros de transformaciones: a) las dirigidas a las relaciones socioeconómicas y b) las que debían enfocarse a la dimensión sociocultural, ya que sólo las primeras no bastaban para construir sistemas demo-cráticos y pluralistas. Y subrayaba que suprimir las desigualdades socioculturales no implicaba eliminar la diferencia. Construir lo que entonces llamé “democracia nacional” (pues implicaba “el replanteo del conjunto de la nación en tanto comunidad humana”) suponía que las dos dimensio-nes señaladas eran parte el mismo proyecto. En fecha reciente, y utilizando la actual terminología, N. Fraser ha planteado la cuestión en sus justos términos: “En lugar simplemente de adoptar o rechazar de modo incondicional la totalidad de la política de la identidad, deberíamos enfren-tarnos a una nueva tarea intelectual y práctica: la de desarrollar una teoría crítica del reconoci-miento, que identifique y propugne únicamente aquellas versiones de la política cultural de la di-ferencia que puedan combinarse de manera coherente con una política social de la igualdad”.
El proyecto (político y analítico) de Fraser explícitamente da por sentado que “la justicia hoy en día precisa de dos dimensiones: redistribución y reconocimiento”, y la tarea pendiente consiste en desentrañar su relación. “En parte —explica la autora— esto significa resolver la cuestión de cómo conceptualizar el reconocimiento cultural y la igualdad social de forma que éstas se conju-guen, en lugar de enfrentarse entre sí [...] También significa teorizar las formas en las que la desigualdad económica y la falta de respeto cultural se encuentran en estos momentos entrelazadas respaldándose mutuamente. Posteriormente, significa clarificar, además, los dilemas políticos que emergen cuando tratamos de luchar en contra de ambas injusticias simultáneamente.”
Un supuesto implícito en todo lo indicado es que una política autonomista no debe supo-ner que los pares: diferencia-reconocimiento, de una parte, e igualdad-redistribución, de la otra, sean necesariamente incompatibles. Son las respectivas formulaciones actualmente en pugna las que los convierten efectivamente en antitéticos, teórica y políticamente. La revisión crítica referida —de la que, por cierto, no partimos de cero— supone entender que igualdad y diferencia no sólo no son nociones contrapuestas sino que se refieren a dos metas estratégicas de la autonomía, que requieren una necesaria armonización en la teoría y la práctica. La diferencia no es un sinónimo de desigualdad ni la igualdad es un fin contrapuesto a la diversidad. La sociedad de las autonomías es aquella en que la igualdad y la diferencia van de la mano.
Una de las debilidades de nuestro “multiculturalismo” radica en la oscilación arbitraria entre igualdad y reconocimiento. En coyunturas distintas se pone el énfasis en una u otra, sin que se al-cance una integración óptima. En el pasado, lo frecuente fue abordar la llamada problemática étnica como si involucrara sólo a grupos socioeconómicos (campesinos, etc.); en los últimos tiempos tiende a predominar la tendencia que reduce la cuestión a entidades “culturales” que no marcan serias de-mandas de redistribución. En cada caso, la pregunta que queda sin responder es: ¿qué redistribución implica el reconocimiento de la diversidad y, en su turno, qué política cultural de la diferencia es una condición o un prerrequisito para cualquier proyecto social que propugne por la igualdad?
La indefinición tiene un efecto deformante en las políticas públicas. Como hemos visto al examinar la política foxista, las acciones de “desarrollo social” —cualquier cosa que eso signifique en realidad—, por una parte, y el reconocimiento, por otra, se encuentran fuertemente enfrentados, como polos que se excluyen mutuamente. Pero la contradicción o la ambigüedad también pueden invadir a proyectos concebidos para construir una política de la identidad que sea favorable a los pueblos. La tensión entre reconocimiento y redistribución se advierte, por ejemplo, en los Acuerdos de San Andrés. Un aspecto ilustrativo de ello lo constituye el reconocimiento del derecho de los pueblos y comunidades al uso colectivo de los recursos naturales en sus territorios. Este es un te-ma pertinente aquí porque se trata de un derecho que precisamente articula el reconocimiento de los pueblos como entes autónomos (o “entidad de derecho público”, como se indica en los acuerdos) con la asignación de bienes a dichos pueblos para procurarles un piso de sustentabilidad. Esa asignación operaría como un mecanismo redistributivo que tendría como efecto promover la igualdad, en la medida en que beneficiaría a un sector actualmente muy desfavorecido.
En un escrito publicado después de la decisión de la Suprema Corte sobre la legalidad de las reformas, J. Fernández Souza aconseja examinar qué es lo que proponen sobre el punto de los recursos los Acuerdos de San Andrés, la propuesta COCOPA y el texto constitucional reformado en 2001. En los acuerdos se asume que las comunidades indígenas tengan preferencia en las conce-siones para la explotación y aprovechamiento de los recursos naturales. En el texto COCOPA, aunque se marca el acceso colectivo a dichos recursos, no se señala preferencia alguna. Finalmente, en la reforma constitucional de 2001, pese a las limitaciones ya señaladas, se establece el “uso y disfrute preferente de los recursos naturales”. Ahora bien, el núcleo de la argumentación del autor es que ni en los acuerdos ni en las reformas (y mucho menos en la propuesta COCOPA), “el dere-cho de los pueblos indios al aprovechamiento y explotación de los recursos naturales de sus territorios queda plenamente garantizado”.
Como se sabe, el actual marco constitucional establece que los recursos naturales son pro-piedad de la nación. De estos, se reservan unos que sólo pueden ser explotados por la misma nación, mediante sus organismos públicos, como es el caso de los hidrocarburos. En cambio, otros recursos del suelo y el subsuelo, así como de las aguas, pueden ser concesionados a particulares o entidades sociales para su explotación, sin que la nación transfiera su propiedad. Es a estos recur-sos a los que podrían acceder los pueblos indios y, también, las empresas privadas. Si los pueblos o comunidades tuvieran que competir en cada caso con las empresas privadas para la obtención de la concesión correspondiente, es evidente que éstas tendrían una enorme ventaja y, como norma, resultarían las beneficiadas. La única forma de garantizar que los indígenas accedan al aprovechamiento de los recursos de sus territorios consistiría en establecer un criterio constitucional claro y contundente en su favor, que excluyera la competencia desigual de las empresas; este cri-terio sería, dice el autor, instituir el derecho exclusivo de los pueblos y comunidades a la conce-sión sobre esos recursos. Pero, arguye Fernández Souza, dado que ninguna de las formulaciones en pugna lo hace (los acuerdos y la actual carta magna se refieren a la preferencia, pero no a la exclusividad, mientras la propuesta COCOPA no alude ni a una ni otra), estamos ante un serio va-cío que no podría superarse oponiendo “un proyecto a otro”, sino reabriendo “el debate parlamentario” con el propósito de “afinar los puntos constitucionales”.
Lo que se desprende del examen de este punto tan importante de los Acuerdos de San An-drés (y no se diga de la propuesta COCOPA) es que la formulación para garantizar la redistribución a favor de los pueblos indios en materia de recursos, congruente con el reconocimiento de derechos, adolece de serias insuficiencias. ¿Cómo superar desequilibrios de este tipo, que seguramente se podrán advertir en relación con otros rubros de derechos, para que el reconocimiento vaya asegurado por la redistribución que le dé sustento? Esta deberá ser una cuestión crucial en lo ade-lante. Pero para que se reabra el debate parlamentario y eventualmente se realice la demandada “reforma de la reforma”, no bastarán las buenas razones; se requerirá de la fuerza política que lo haga posible. Lo “definitorio” —coincido con el autor— será la organización y la acción “de los mismos pueblos y de quienes están con ellos”.

6. La respuesta del movimiento indígena

Este es, en efecto, el quid del asunto. Dicho con brevedad, las fuerzas que fueron capaces de echar a un lado los pactos políticos y de imponer su propio punto de vista en los poderes del Estado, sólo pueden ser contrarrestadas por otra fuerza política (autonomista, popular e independiente, que rebase el mundo indígena) con suficiente empuje como para reabrir el debate y hacer los reajustes de reconocimiento y redistribución. Esta ha sido la experiencia en otros países. El movimiento indígena mexicano no ha logrado reunir esa fuerza. Sin duda, la razón por la que el actual gobierno ha concluido que puede concentrarse en las “acciones sociales” a su modo, aban-donando los compromisos de reconocimiento contraídos en 1996, se encuentra en la insuficiente resistencia efectiva que, hasta ahora, ha mostrado el movimiento indígena organizado. Si a la ac-titud adversa de los poderes se agrega la necesidad de afinar los puntos pactados para asegurar la sustentabilidad de los pueblos, vía la redistribución, se entenderá que los desafíos son considera-bles.
¿Cómo ha respondido el movimiento indígena en los últimos años a tales retos? El movi-miento indígena ha estado inmerso en un estado de dispersión y división interna, agravado por la carencia de una estrategia política clara y propia. En fechas recientes, el momento más brillante de las luchas indias corresponde a los años que van del levantamiento zapatista a las negociacio-nes de San Andrés (1994-1996). En ese lapso hay que incluir el propio proceso de diálogo y ne-gociación, que implica una gran efervescencia reflexiva y organizativa, y la aparición (junto a in-contables organizaciones locales y regionales) de dos importantes organizaciones con horizontes nacionales: la Asamblea Nacional Indígena Plural por la Autonomía (ANIPA) y el Congreso Na-cional Indígena (CNI). De hecho, el CNI apareció como fruto de una gran convocatoria unitaria, que incluyó a la propia ANIPA. Pero a partir de 1997, brotaron contradicciones que, mal maneja-das, provocaron divisiones cada vez más agudas. El vigor nacional del movimiento fue desfalle-ciendo.
El resultado ha sido, para decirlo suavemente, el decaimiento de la ANIPA y el CNI. Así, hoy no existe una organización nacional aglutinadora, activa, con capacidad de movilización y, lo más importante, con un programa político a corto y mediano plazo. Durante los últimos años, la presencia nacional del movimiento ha dependido de la convocatoria esporádica del EZLN (un buen ejemplo de ello fue la Caravana de la Dignidad iniciada en febrero de 2001); pero ha faltado iniciativa propia, continuidad y respuesta puntual y eficaz a cada golpe proveniente del Estado. Esto ha provocado una desvinculación acusada de los movimientos locales y regionales, carentes de liderazgo nacional, respecto de las iniciativas populares de diverso tipo que han surgido en los últimos tiempos. Con escasas salvedades, la lucha indígena se ha aislado de otros movimientos sociales en los que podría fecundar sus energías. Por ejemplo, en las recientes luchas campesinas, originadas en los efectos del capítulo agropecuario del TLC y la política gubernamental, impul-sadas por el movimiento “El campo no aguanta más” en 2003, la poca presencia de las organiza-ciones indígenas ha sido notable. Lo mismo puede decirse de los movimientos globales, como lo ilustra el eclipse del movimiento indígena mexicano en el tercer Foro Social Mundial de Porto Alegre. Lo paradójico es que en la fase en que la causa indígena ha alcanzado uno de sus puntos más altos en cuanto a aceptación pública, el movimiento indígena no ha logrado traducirlo en presencia política nacional para impulsar el logro de sus fines.
La reivindicación de los Acuerdos de San Andrés, según la formulación COCOPA, como la demanda mínima de los indígenas ha sido un norte para su movimiento. Pero se corre el riesgo de que, conforme pase el tiempo, se convierta en un discurso cada vez menos inspirador. Una vez que los tres poderes han definido su posición respecto a lo pactado en 1996, se ha agotado una fa-se, y se requieren nuevas iniciativas y respuestas que vayan más allá de las declaraciones a favor de los acuerdos. Cualquiera que sean las nuevas rutas, parece necesario que los reclamos propios se enlacen con otras demandas y luchas de alcance nacional.
No todo en el panorama es oscuridad. Comienzan a advertirse esfuerzos que apuntan hacia una renovación de la lucha indígena. Buena parte de ellos proceden de organizaciones re-gionales que toman iniciativas para articularse con otras y, juntas, vincularse con las grandes lu-chas sociales. Un ejemplo ilustrativo es el de la Unión de Comunidades Indígenas de la Zona Norte del Istmo (UCIZONI), que agrupa a 67 comunidades de once municipios de Oaxaca. En ene-ro de 2003, UCIZONI decidió incorporarse al movimiento “El campo no aguanta más”. También convocó a una reunión nacional de organizaciones indias y campesinas para acordar acciones en relación no sólo con el reconocimiento de los derechos indígenas, sino además con la resistencia frente el Plan Puebla-Panamá, el TLC y el ALCA. Asimismo, con otras 16 organizaciones, UCIZONI convocó a un encuentro nacional (en el que participó cerca de una centena) para evaluar los efec-tos de la contrarreforma agraria de 1992 y en defensa de la tierra, que tuvo lugar en Chiapas a principios de febrero.
Llama la atención que estas iniciativas se realicen por fuera de las dos organizaciones in-dias con estructuras nacionales. Ante la pregunta de si el CNI participaba en las acciones mencio-nadas, uno de los coordinadores de UCIZONI respondió que ellos habían realizado acciones en apoyo de los zapatistas desde el inicio del levantamiento, participaron en la constitución del CNI, en la Caravana de la Dignidad, etc., “pero vemos que el CNI perdió autonomía y representativi-dad, que no tiene ninguna iniciativa en relación con las demandas indígenas del país". Y agregó: "El planteamiento es que se constituya una verdadera organización indígena de carácter nacional y autónoma, que no dependa de ningún partido o líder carismático, y en este momento desgracia-damente no existe una organización indígena nacional que pueda en esta coyuntura dar una res-puesta. El caso de Ecuador es el ejemplo de que constituyendo una verdadera organización con estructura se pueden lograr espacios importantes como lo ha hecho la CONAIE (Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador)".
Está por verse si la presión desde abajo, regional y local, puede abrir nuevas perspectivas. Por lo pronto, se advierten indicios positivos que en parte resultan de este empuje. Van unos ejem-plos ilustrativos. En septiembre de 2002, 48 organizaciones regionales, buena parte de ellas vincula-das a la ANIPA, se reunieron en Chilpancingo, Guerrero, para evaluar la situación y definir acciones. La asamblea hizo un dictamen severo del estado del movimiento indígena y arribó a conclusiones importantes: que había que remontar la división y la dispersión; que se debía trabajar por la unidad y la construcción de un Movimiento Nacional Indígena, y que urgía propiciar acercamientos con otros sectores populares a fin de “construir una gran fuerza de todos los sectores democráticos y plura-listas”. Entre otros, un efecto de este encuentro fue el acercamiento de algunas de las organizacio-nes participantes en la posterior lucha campesina de “El campo no aguanta más”. Al mes siguiente de la reunión de Guerrero, por demanda de las autoridades tradicionales de la tribu yaqui, se realizó en el territorio de ésta un segundo encuentro nacional de pueblos y organizaciones indígenas, en la búsqueda de articular las luchas regionales indias con otros movimientos.
Por su parte, el CNI impulsó un foro nacional en defensa de la medicina tradicional en el que se rechazó cualquier restricción del Estado al aprovechamiento libre y universal de sus recursos e hizo un llamado “a todos los pueblos indígenas de México al fortalecimiento de su autonomía, al establecimiento de formas de control territorial surgidas desde nuestras comunidades, a la conso-lidación y desarrollo de la cultura y medicina propias, y al intercambio de experiencias, saberes y conocimientos tradicionales”. Pero es en el pronunciamiento emitido en enero de 2003 por la región Centro-Pacífico del CNI donde se observa un cambio discursivo importante que puede tra-ducirse en nuevas rutas prácticas. En primer lugar, completada la negativa de los poderes del Es-tado ante los reclamos autonómicos indios, se toma la decisión de “no solicitar mayores recono-cimientos para el ejercicio de nuestros derechos y, si en cambio, respeto de nuestras tierras, terri-torios y autonomía”. Como contrapartida, dicen, “no nos queda más que hacer valer la plena au-tonomía de nuestros pueblos y comunidades” y responder conjuntamente a cualquier intento esta-tal que busque impedir el ejercicio de dicha autonomía. Aunque no hay nada nuevo en el propósi-to de impulsar autonomías de hecho (proclamado también en otras ocasiones por grupos diversos), lo novedoso radica en que este anuncio se hace en un contexto distinto: el desistimiento del reclamo de reconocimiento ante el Estado. Ello podría tener implicaciones teórico-prácticas de largo alcance. El tiempo dirá si tal posición se queda en una bravata o se traduce en hechos con-cretos y de qué tipo. Pero, por lo pronto, hay aquí un giro apreciable. El segundo acuerdo puede tener efectos inmediatos, con implicaciones profundas a largo plazo: se llama “a todas las comu-nidades indígenas del país a manifestar su oposición y rechazo al Tratado de Libre Comercio, exigiendo la cancelación inmediata de su capítulo agropecuario y haciendo una sola fuerza con todos nuestros hermanos campesinos.” Aquí hay un énfasis en la unidad de acción con otras fuerzas que podría iniciar una nueva época de alianzas venturosas.
Considerando estos nuevos barruntos procedentes de distintas organizaciones que, hasta hoy, no han logrado articular sus enfoques y prácticas, puede albergarse un cauto optimismo. Existen po-sibilidades de que las organizaciones confluyan en espacios de luchas afines y, merced a ese proceso, se abran nuevas perspectivas de unidad y logros autonómicos comunes.