sábado, 7 de agosto de 2010

Movimiento popular en México


Las izquierdas y López Obrador
Héctor Díaz-Polanco

En innumerables ocasiones me he visto en el trance de atender a la curiosidad de colegas y amigos latinoamericanos que me inquieren sobre la terrible debilidad de la izquierda mexicana, su desorganización y carencia de proyecto. Por supuesto, su visión de la izquierda se centra en la trayectoria que ha seguido el PRD en los últimos años y la situación a que ha sido conducido.
Trato de explicarles lo mejor que puedo que, en la coyuntura de los últimos años, la izquierda mexicana no puede identificarse con el PRD ni mucho menos reducirse a esta agrupación partidaria; que más bien, a últimas fechas, la energía transformadora de la izquierda se expresa principalmente en un vigoroso movimiento popular que lucha contra el régimen neoliberal, al margen de la estructura partidista tradicional, y que es liderada por Andrés Manuel López Obrador.
Insisto en suma en despejar lo que en mi opinión es una falacia promovida por los medios y sus comentaristas: que la izquierda atraviesa por su peor momento y ha dejado de ser una opción. Tal conclusión resulta de la costumbre de identificar fuerza política con estructura partidaria, sobre todo si posee aparato y registro. Este no es un buen método para abordar el asunto. En una perspectiva gramsciana, el verdadero partido no es sólo una institución, la organización técnica y sus aparatos, sino la fuerza social o el movimiento en el que encarna un proyecto: todo el bloque social activo. Es por esto, observa Gramsci, que un partido orgánico y fundamental puede aparecer como varias fracciones, cada una de las cuales adopta el nombre de partido e incluso de partido independiente (es el caso del PRI y el PAN), mientras el estado mayor intelectual y político del verdadero partido puede permanecer en la oscuridad. El que esos diversos partidos constituyen en realidad una unidad orgánica lo demuestra el hecho de que se acoplan inmediatamente en cuanto perciben un real antagonista al proyecto del que son expresiones.
Vistas así las cosas, el partido más poderoso de la izquierda hoy día es el movimiento que inspira y encabeza López Obrador. Pero no es el único; se deben considerar otras fuerzas (el zapatismo, etcétera) que alimentan el gran caudal de las izquierdas mexicanas. Es por no tener esto en cuenta, y estar con la vista fija en el PRD y en el juego de la fracciones partidarias, que el despliegue de fuerza y organización mostrado en la concentración del Zócalo, el pasado 25 de julio, produjo tanto desconcierto e incluso desazón en algunos sectores. Obstinadamente se negaron a reconocer el movimiento que crecía desde abajo, al margen de los partidos convencionales, y que, como dijo el poeta, brota/ y se derrama y cruje como una vena rota.
Mientras se repetían que AMLO y su movimiento se habían desgastado y que ya no eran una opción a tomar en cuenta, cerraron los ojos a los millones de “credencializados”, a los diez mil comités creados en todo el país, a los millones de ejemplares del periódico Regeneración que circulan de familia en familia, a los círculos de reflexión; y sobre todo, minimizaron el crecimiento de un liderazgo con sólido perfil de honestidad, congruencia e identificación con los sectores populares (fruto de su conocimiento de primera mano de la realidad sociocultural del país). Considerando el nivel de organización logrado hasta ahora, su empuje y alcance nacional, se puede derivar una conclusión completamente distinta a la sombría apreciación inicial: comparativamente, la izquierda mexicana está hoy en uno de sus mejores momentos.
Sin duda, el desarrollo del movimiento ha sido estimulado por las políticas del actual gobierno, ajenas al interés general. Pero también, hay que decirlo, por la estrategia y las prácticas impulsadas por la llamada izquierda “moderna” que hoy controla el PRD. Aferrada a los tópicos de la socialdemocracia en su versión neoliberal, sin clara orientación social, apostando a las alianzas con fuerzas conservadoras que destruyen la diferencia, la importante distinción política por lo que hace al proyecto de país, esta izquierda ha caído en el descrédito (y no hablo aquí de la base del PRD). En la actual coyuntura, el movimiento social que se expresó en el Zócalo ha cumplido ya un vital papel: evitar la completa demolición del proyecto de la izquierda.
Alarmados por esta tendencia, algunos aseguran que AMLO cometió el error de abandonar el centro en 2006, y yerra al no buscarlo ahora (Denise Dresser dixit). Por centro entienden las posiciones y prácticas socialdemócratas que se estilan en Europa y en algunos países de América Latina (por ejemplo, Inglaterra, Alemania, Francia, Italia, Chile). Es ocultar que en esos países tales fuerzas, una por una, han perdido el poder precisamente por querer situarse en el peldaño que les marcó la derecha (que es siempre quien finalmente define el centro “políticamente correcto”).
La única posibilidad de que el movimiento de AMLO logre sus objetivos programáticos es que se mantenga alejado de ese falso centro (neoliberal, insensible a las necesidades de las mayorías y servidor de los grandes potentados). Y esto, no sólo por razones electoreras, sino por preceptos ético-políticos de los que no hay que desviarse ni un milímetro. Los comentaristas que se dedican a dar “consejos” a AMLO para que sea moderado, en realidad buscan que entre en la pendiente enjabonada de los acuerdos con los poderosos. Eso anularía cualquier cualidad innovadora en su proyecto. ¿De qué serviría que llegara así a la Presidencia, atado a grupos de intereses facciosos y por ello invalidado como gobernante para las mayorías? Eso, además, sería su muerte política ante los ojos de la mayoría de los mexicanos, como lo ha sido de la izquierda moderna.
La Jornada, México, 7/08/2010.

jueves, 5 de agosto de 2010

Israel y Occidente


El enigma de Israel
HÉCTOR DÍAZ-POLANCO

Hace poco el presidente Barack Obama presentó una nueva Estrategia de seguridad y defensa que entraña varios cambios respecto de la adoptada por Bush. Destacan el énfasis en la cooperación y las alianzas, en lugar del uso de la fuerza, y el abandono de la guerra contra el terrorismo. Obama aclaró que lo que busca no es una guerra mundial contra una táctica: el terrorismo, o una religión: el islam”.
¿Se trata de un quiebre respecto de la anterior política? Hay al menos dos razones para dudarlo. La primera es que, pese al discurso suave, Obama está ampliando e intensificando las operaciones secretas en distintos puntos del mundo. La segunda es que, apenas unos días después de anunciada, la estrategia de Obama fue desafiada olímpicamente por el Estado de Israel cuando sus fuerzas atacaron a la Flotilla de la Libertad. Esta agresión se realizó en aguas internacionales, con lujo de violencia, sin consideración alguna por las leyes internacionales y los derechos humanos. El caso se agrega a la lista de abusos e ilegalidades sin fin consumados impunemente por el Estado israelí contra otros países y en especial contra el pueblo palestino. El gobierno de Obama prácticamente volteó para otro lado.
El gobierno de Israel se comporta como si no existiesen normas ni poder alguno que pueda contenerlo. El mundo contempla, asombrado, cómo este Estado parece responder sólo a sus propios designios. Y esto ha estimulado un debate acerca de esa especie de “condición especial” que ha alcanzado Israel.
El enigma ha recibido varias explicaciones. Nadie ignora que el Estado sionista goza de absoluta impunidad porque cuenta con el apoyo irrestricto de las grandes potencias occidentales. ¿Pero qué explica, a su vez, tal respaldo incondicional? Una primera respuesta, quizás la más difundida, dice que el sionismo se ha enquistado con tanta fuerza en las estructuras de poder y opinión occidentales, particularmente de Estados Unidos, que ha conseguido invertir la relación que indicaría el sentido común: en lugar de ser determinado por la política de las grandes potencias occidentales, es el sionismo el que marca las pautas a éstas. En ensayos y libros muy serios se ha sostenido esta hipótesis. Hay aquí una cierta idea de “externalidad” entre una fuerza y las otras; y ello refuerza la imagen del gran poder sionista imponiéndose a Occidente.
La otra interpretación, desarrollada especialmente por pensadores judíos, me parece más pertinente. Sostiene, en síntesis, que lo que explica el comportamiento del Estado israelí se encuentra en su propia configuración histórica. El judío argentino León Rozitchner, en un penetrante texto de 2009, expone que el Estado de Israel fue constituido por un segmento específico de la comunidad judía: lo que llama “los judíos europeos asimilados” que, mediante la ideología sionista, terminaron por convertirse en “judeo-cristianos”. Occidente estimuló el proyecto de instalarse fuera de Europa, en Palestina, y fundar allí un Estado “al servicio del poder cristiano-imperial” primero de Gran Bretaña y luego de Estados Unidos. Jacques Hersh ha recordado que Winston Churchill manifestó en 1920, con su conocida incontinencia verbal, que la creación de un Estado judío concordaría con “los intereses más genuinos del Imperio Británico”.
Rozitchner agrega que se creó “un Estado teológico” cuya dimensión secularizada “siguió siendo la del Estado cristiano”. Así, en un extraño vuelco, regresaron “como judíos para culminar en Israel la cristianización comenzada en Europa”. Acabaron siendo “neoliberales en la política y en la economía”, con todas sus premisas iluministas-cristianas: el capitalismo al fin los había vencido luego de dos mil años de resistencia.
El cambio político-cultural, la nueva “conversión judía”, requirió de un paso más: “permutar al enemigo”. El Estado israelí, continúa Rozitchner, se transformó “en la punta de lanza del capitalismo cristiano” que lo armó hasta los dientes para enfrentar al nuevo enemigo de éste: el mundo musulmán. “Pero ni los musulmanes ni los palestinos –dice– fueron los culpables de la Shoah [Holocausto]: los culpables del genocidio son ahora sus amigos, que los mandan al frente”. Hasta la Segunda Guerra Mundial, lo que daba fundamento teológico a la política era la ecuación “amigo/cristiano-enemigo/judío”, resorte profundo del antisemitismo occidental. Pero una vez que surge el Estado israelí, cambia la ecuación: “amigo/judeocristiano-enemigo/musulmán”. El autor concluye con una turbadora pregunta: “¿Este es el lamentable destino que Jehová nos reservaba a los judíos?”
Este enfoque transforma profundamente el punto de interrogación inicial. Ya no se trata de un Estado con un proyecto propio, ferozmente independiente y capaz de imponerse a otros (EU y Europa) para garantizar así protección y anuencia en cualquier circunstancia. Las acciones del Estado israelí en Medio Oriente no son más que las intrigas de EU y sus socios para imponer su proyecto en aquella convulsionada región. ¿Lo que sigue es un ataque vicarial de Israel contra Irán?
El giro de la judeofobia a la islamofobia es la síntesis, en el plano ideológico y político, de la expansión de la frontera imperial en una zona estratégica para los actuales propósitos del proyecto neoliberal. Siendo así, el primer responsable de los crímenes que allí se han cometido (y de los que se cometan) es la constelación de intereses occidentales que se prolonga en Medio Oriente. Todo indica que el “cambio” de estrategia de Obama es más bien seguir haciendo lo de siempre de modo encubierto, mientras se edulcora el discurso; y, en el caso de Medio Oriente, mantener el juego de EU como promotor del “diálogo” y las buenas maneras, en tanto garantiza que el Estado de Israel cumpla el papel que se le ha asignado.
Diario La jornada, México, 24/06/2010.